Desmemoria e ingratitud IV    

Opinion 18 de julio de 2022 Por Miguel A. Cáseres
 Leandro Nicéforo Alem e Hipólito Yrigoyen que fueron columnas vertebrales del radicalismo, iniciaron su militancia estigmatizados por la trayectoria rosista de sus padres. Leandro, hijo del fusilado y colgado en la Plaza de La Victoria, hoy Plaza de Mayo, se vio obligado a  alterar su apellido  cambiando la “n” por una “m”. Hipólito, nacido en una modesta vivienda de Balvanera, fue dos veces diputado, profesor de filosofía. Historia Argentina e Instrucción Cívica en la Escuela Normal de Maestras, con el tiempo logró obtener una sólida posición económica  que le permitió contactar  con la gente de campo, criollos o gringos, y conocerlos y aceptar su sensibilidad.
Leanndro Alem

      El dos veces presidente de la nación fue un hombre realista y muy práctico. Formado en la doctrina de la convertibilidad y sin embargo, cerró la Caja de Conversión. Un pragmático. Supo avizorar la aparición de las masas, como un suceso nuevo en la política argentina. A la par, los sectores conservadores y nacionalistas, tomaban posición contra una dirigencia foránea en su pretensión de conducir el movimiento obrero, cuestión de supervivencia, diríamos, que tomó algidez en la calle, donde se sucedieron acontecimientos de virulencia creciente. 

      La prensa conservadora y nacionalista, lo mismo que la socialista y anarquista, lo agredieron con prisa y sin pausa, en una clara actitud destituyente, cabalgando sobre la crisis económica mundial, el Crack del 29, el Jueves Negro  o la Crisis de Wall Street, que golpeó sin piedad alguna, la siempre vulnerable economía de un país que alguna vez se creyó el cuento del “granero del mundo”. Bastó que cayeran las exportaciones y disminuyeran los ingresos del estado para que se paralizaran las obras públicas, bajara la ocupación y el consumo, para que los bancos sufrieran corridas que puso a los sectores concentrados de la economía, pilar de la clase dominante, al borde de la quiebra. Se produjeron cesantías, se instrumentaron “los corralitos” y aparecieran los trágicos carteles  de “No hay vacantes” para que los sueños se desmoronaran y, las grandes urbes, adquirieran el ropaje de la tristeza. Para que la pobreza se paseara orondamente por las calles de la patria y de su brazo desfilaran la tuberculosis, la prostitución, los secuestros con rescates, la droga y todas las aguas enturbiadas, en la búsqueda de apagar el fuego.

     Las causas no eran endógenas. Venían de afuera. La crisis del sistema capitalista que se expandió al resto del mundo con la caída de las acciones en las bolsas, quiebra de bancos, desmoronamiento de los precios internacionales y millones de seres humanos lanzados a la desocupación. 

     Pero la oligarquía opositora, la que siempre viste plumaje de buitre, aprovechó la situación. Como siempre. Sin asumir su responsabilidad. Puso toda su estructura comunicacional en movimiento, para generar un estado pre insurreccional y gestar un complot cívico militar contra un gobierno surgido de la voluntad popular y el sufrago, encabezado por un  político, que cometió pronunciados errores como lo decidido en los acontecimientos de la Patagonia Trágica o el conflicto de la Fábrica Vassena que, lamentablemente, solo sirvieron a sus enemigos.

     Una situación financiera y política que, no solo debilitaba  al presidente y su gobierno, que ni siquiera podía respaldarse en su partido, corroído por las divisiones internas. Todo a gusto y paladar de una oposición que tenía un solo interés: cobrarle todas las facturas a Irigoyen por muchas cosas realizadas durante su primera presidencia, pero especialmente durante la segunda, cuando tomó cartas en los problemas sociales obligando a dirigentes de las empresas capitalistas a tratar mano a mano con los obreros. Denunció la insuficiencia de la política social y la legislación nacional, inferior a las exigencias del momento. Aumentó el presupuesto destinado al bienestar social e Instauró la jornada de ocho horas de trabajo. 

     A partir de allí, nada se le perdonó. Palos porque no haces y palos por lo que haces. Y él, siempre respetando la libertad de prensa, ya convertida en libertinaje. Todo el repertorio propio de las élites para con sus enemigos. Para ellos, el presidente fue “El Peludo”. Un burócrata, un autoritario, jefe de la chusma despreciable, taimado, cobarde, insano, desleal, ignorante, arrabalero, sucio, canalla, traidor, burro, hipócrita, compadrón, falso pensador y estadista, miserable, un Lenín emponchado, déspota, dilapidador de los dineros públicos, irrespetuoso de las autonomías provinciales, distribuidor de prebendas a la servidumbre, generador de un parasitismo populachero, obstáculo para el bien público, entorpecedor de la prosperidad del país, castigador de los buenos y premiador de los malos, conductor de un rebaño, llorón y espiritista, inepto e inmoral, 

     Cómo defenderse cuando se es atacado por derecha y por izquierda, desde adentro y desde afuera. Las mujeres de los sectores distinguidos de la sociedad lo odiaron con el alma, al igual que los abogados y gerentes de las compañías extranjeras. De allí en adelante estuvieron todos juntos como supuesta oposición patriótica. Los principales diarios se encargaron de marcar el blanco para los francotiradores, La Nación y La Prensa, desde las barricadas del liberalismo conservador;  La Nueva República, desde el nacionalismo de derecha y, también la prensa de la izquierda. Como entrenándose para los tiempos de “La Unión Democrática”. Le enrostraron el analfabetismo de sus padres  Marcelina Alem y Martín Yrigoyen, como si él tuviera algo que ver en la cuestión, en un país donde las clases dominantes tiraron manteca al techo mientras el noventa por ciento de los habitantes eran analfabetos. En la imaginaria república civilizada. 

     Los estudiantes fueron utilizados como elemento provocador y ganaron  las calles al grito de democracias si y dictadura no. Deberían aprender los gobiernos populares que nunca se debe perder las calles. Conducidos por los representantes del nacionalismo corporativo,  liderados por el salteño, José Félix Uriburu, e inspirados en la pluma de Leopoldo Lugones que vociferaba que había llegado “La Hora de La Espada”. Otra línea, liberal-conservadora, mitrista y británica, recostada en un sector interno de la fuerzas armadas, donde sobresalía el general Agustín Pedro Justo, de tendencia liberal y, como si esto fuera poco, el socialista Alfredo Palacios firmó una resolución, como decano de la facultad de derecho y ciencias sociales, exigiendo la renuncia del presidente y la inmediata restauración de los procedimientos democráticos.

     Yrigoyen había depositado la centralidad de sus preocupaciones en la nacionalización del petróleo. Y lo hizo saber al expresar: “Salgo de mi rancho a la edad en que los hombres se jubilan, en que solo se tiene serenidad para esperar la llegada de la muerte, lo hago por mi ley de petróleo, para salvar de garras ajenas y propias los tesoros  que Dios desparramó bajo el suelo de esta tierra”. El proyecto de ley, para asegurar el control del estado sobre las reservas significaba, entre otras cosas, la cancelación del acuerdo que la Standard Oil había firmado con el gobierno conservador de Salta para explotar sus yacimientos petroleros. Venía a poner fin a un federalismo malentendido, devenido en la entrega de las riquezas nacionales y fue aprobado por la Cámara de Diputados. El radicalismo carecía de mayoría en el senado para concretarlo; pero, por primera vez, la iba a tener a partir del 7 de setiembre de 1930, al incorporarse los senadores electos de San Juan y Mendoza y, así poder sancionar la ley.  El golpe de estado que derribó a Yrigoyen ocurrió el 6 de setiembre, el día anterior. Esto para entender las razones de los apuros y los insultos. He allí la madre del borrego. Hoy, muchos de los que utilizan su nombre, siguen las líneas marcadas por los enemigos del pueblo. 

                                                Muchas gracias- Hasta la próxima

                                                        Miguel Ángel Cáseres 

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