Ciudadanas de segunda

Opinion 16 de junio de 2021 Por Natalia Nieto
“Me tienen harto con el feminismo! ¿Qué tienen que ver los piropos con la violencia?”, me suelta un colega, de esos con los que discutimos demasiado seguido sobre por qué hay que asumir la responsabilidad frente al micrófono de dejar de reproducir estereotipos machistas. Y entonces empiezo a recordar.
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Tenía ocho años cuando un adolescente del barrio pasó por la vereda de casa y casi me lastima del manotazo que metió entre mis piernas. Nueve, cuando estaba en tercer grado y un chico de secundaria que siempre me decía “piropos”, me empujó contra una pared de la escuela y me besó violentamente. Eso sí, lo hizo cerca de la gruta de la Virgen, porque católico ante todo. Más adelante -cómo olvidarlo-, los cuatro viajes diarios en colectivo durante todo el secundario para ir y volver del colegio, implicaban viajar atenta para que “no te apoyaran” de casualidad. Y el terror de caminar después de las 7 de la tarde, sola o con mi hermana, en zonas con escasa iluminación, no se lo deseo a nadie. Ni hablar de la acción automática de cruzar de vereda cada vez que veía a un grupo del que podían salir las groserías más violentas. Esa invasión, -que te saca del eje-, también la padecí por parte de compañeros de trabajo de los que escuché comentarios soeces, solo por creerse en el derecho de avanzar sobre otras personas. 

No me siento especial ni mucho menos por compartir algunos de los ejemplos de acoso callejero que padecí, pero tampoco imagino a los varones transitando por la vida, siempre en alerta. El acoso callejero es violento. 

En Salta, las mujeres sufrimos acoso callejero desde los 7 años, según la última encuesta que hizo la agrupación Mujeres por la Matria Latinoamericana (MuMaLa) y eso habla de la sexualización que se hace sobre el cuerpo de las mujeres desde muy pequeñas en los espacios públicos. 

Y eso se traduce en inseguridad, porque el 67 ciento de las mujeres que vive en Salta se siente insegura al caminar sola por la vía pública. A ellas se suma un  18 por ciento que dice estar "muy insegura", con lo cual el total de mujeres que teme caminar sola por la calle, es del 85 por ciento. Si es por la noche, el número sube al 87 por ciento.

De las encuestas surgió también que el 87 por ciento de las mujeres se sintieron acosadas tras haber recibido por parte de extraños un saludo, silbidos, ruidos de un beso, o bocinazos. El 61 por ciento de las mujeres indicó haber sido seguidas en la vía pública. El 61 por ciento, además, recibió algún comentario homofóbico. 

Para generar una autoprotección, el 93 por ciento de las encuestadas afirmó que evita pasar por lugares oscuros, alejados, aislados o con poca gente. Otra acción que realiza el 88 por ciento es cruzar de calle. El 84 por ciento expresa que va acompañada por una mujer. Y al menos el 20 por ciento de las encuestadas manifestó que lleva algún elemento para defenderse en caso de sentirse atacada.

Por eso no soy especial, porque el hostigamiento y la violencia del acoso callejero, afectó a 8 de cada 10 mujeres consultadas. Y si la incorporación en el Código de Contravenciones de la Provincia, de arresto o multa para castigar el acoso sexual en los espacios públicos o privados, puede frenar lo que los varones no, entonces bienvenida sea la modificación de la norma. 

Para que quede claro: la incorporación del artículo 115 al Código Contravencional, precisa que "será sancionado con arresto de hasta veinte (20) días o multa de hasta veinte (20) días, quien en espacios públicos o privados de acceso público, despliegue conductas o acciones, físicas o verbales, con connotación sexual, en contra de cualquier persona, que de manera directa o indirecta afecte o perturbe su vida, dignidad, libertad, integridad física o psicológica o la libre circulación, creando en ellas intimidación, hostilidad, degradación, humillación o un ambiente ofensivo, siempre y cuando el hecho no configure delito.”

No es el primer proyecto en Salta que intenta sancionar el acoso callejero, pero el de la diputada Socorro Villamayor, consiguió este martes que fuera acompañado por 51 votos a favor y una abstención. La última fue del diputado del Partido Obrero, Claudio del Plá, quien manifestó su apoyo a la causa feminista, pero aclaró que en una sociedad oscurantista como la salteña en la que decide la Iglesia, se escatima la Educación Sexual Integral Científica y Laica y las mujeres deben denunciar en una Policía severamente cuestionada, la modificación del Código se sumará a la vasta batería legislativa contra la Violencia de Género, que hasta ahora, según Del Plá, fue “un fracaso fenomenal”. Justamente por los impedimentos del sistema machista y un Estado ausente. 

Villamayor citó datos de un relevamiento realizado por otra ONG que concluye que el 93 por ciento de las mujeres argentinas sufrió acoso sexual. Y claramente, esta norma no solo ofrece una herramienta de defensa, sino la posibilidad de visibilizar la violencia sistematizada y tolerada socialmente, toda vez que se naturalizan los avances sobre las personas y su libertad. 

Para abonar lo que implica, sumamos que la mitad de las mujeres encuestadas por Mumalá, sufrió comentarios sexuales explícitos, que el 47% afirma haber sido seguida por un hombre en alguna ocasión y que el 37% de las mujeres estuvo expuesta a que un hombre se desnudara o mostrara sus partes privadas frente a ellas.

Una buena idea sería que el Estado realice estudios cuantitativos y cualitativos sobre las formas de violencia que vivimos las mujeres en los diferentes espacios por los que transitamos y que a partir de eso, diseñe y ejecute políticas públicas para promover ciudades seguras en las que seamos sujetos de derecho y no ciudadanas de segunda. 

Si las mujeres no podamos transitar de manera libre, segura y despreocupada por el espacio público o tememos por nuestra integridad física o sexual, no somos libres ni tenemos los mismos derechos que los que sí pueden circular como si nada, e inclusive, seguir sosteniendo que la violencia de decir “te chupo la….hasta que te mueras”, es un piropo. 

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