
Consumo y pobreza: advierten por chicos que ingresan cada vez más temprano al circuito de las drogas
Victoria López Núñez
El franciscano Guillermo Schatten advirtió sobre un crecimiento sostenido de los consumos problemáticos entre niños y adolescentes de Pichanal y otras comunidades del norte provincial, donde organizaciones vinculadas a la Iglesia trabajan de manera directa con jóvenes y familias atravesadas por esta problemática.
Según explicó, en los últimos cinco años se produjo un cambio importante tanto en las edades de inicio como en las sustancias que circulan. A consumos que históricamente estaban más asociados al alcohol, la combinación de alcohol con pastillas o incluso la inhalación de nafta, se sumó con mayor presencia la pasta base entre jóvenes y adolescentes.
Schatten señaló que también comenzó a aparecer el crack, aunque aclaró que su costo más elevado limita el acceso respecto de otras sustancias. Al describir los efectos, diferenció ambas drogas: mientras la pasta base genera un estado de mayor deterioro y desconexión, el crack produce una fuerte excitación. Sin embargo, remarcó que el trabajo que realizan desde los espacios comunitarios no se concentra en perseguir una sustancia determinada.
“Nosotros no estamos trabajando sobre el producto, sino sobre la demanda. Estamos trabajando sobre los jóvenes”, explicó. Desde esa perspectiva, el objetivo es acompañar a quienes atraviesan situaciones de consumo y comprender las condiciones sociales, familiares y económicas que existen detrás de cada caso.
Uno de los datos que más preocupa es la edad cada vez más temprana en la que los chicos comienzan a vincularse con estas dinámicas. “Acá estamos viendo un aumento: entre los 10 y los 12 años ya ingresan en el consumo”, sostuvo. Aclaró que en muchos casos todavía no se trata de drogas de mayor impacto, pero sí de alcohol y marihuana.
El religioso advirtió además que algunos niños participan de otras tareas relacionadas con el circuito de comercialización. “Son los que hacen de campana cuando llega la Policía, son los que transportan”, señaló. La situación también comienza a detectarse dentro de establecimientos educativos.
“Nos llaman de escuelas que encuentran a niños con productos para vender y que están en estado de consumo”, relató Schatten, al describir una problemática que ya no es desconocida en el lugar.
El escenario se vuelve aún más complejo entre adolescentes de 12, 13 y 14 años que pasan gran parte del día en la calle. Schatten describió casos de jóvenes que ya consumen regularmente, permanecen fuera de sus hogares y quedan expuestos a peleas, conflictos y distintas situaciones de violencia.
“No hay espacios de contención para estos jóvenes”, lamentó.
La situación familiar también ocupa un lugar central. Schatten explicó que en numerosos hogares los adultos en edad laboral pasan muchas horas fuera de la casa para sostener económicamente a la familia. De ese modo, quienes permanecen más tiempo dentro del hogar suelen ser los niños más pequeños y los adultos mayores.
Esa realidad, afirmó, reduce la posibilidad de acompañamiento cotidiano. “Hay menos mirada sobre los chicos, menos control y tienen mayor acceso a las drogas”, explicó, al tiempo que señaló que el deterioro económico también desgasta las relaciones dentro de las familias.
En ese contexto, recordó una frase que escuchó durante el acompañamiento a un joven: “Nosotros comenzamos a consumir porque teníamos hambre”. Para Schatten, detrás de muchos casos aparecen situaciones de exclusión que no pueden ser abordadas únicamente desde una perspectiva sanitaria o policial.
También relató que existen personas que encuentran en la venta de sustancias una forma rápida de conseguir dinero para resolver necesidades inmediatas. “‘Compro los útiles y no vendo más’, nos dicen”, ejemplificó. Según explicó, este tipo de situaciones muestra hasta qué punto las dificultades económicas pueden mezclarse con el consumo y la comercialización.
El trabajo territorial se realiza principalmente a través de los Hogares de Cristo, espacios vinculados a la Iglesia que funcionan como una red de acompañamiento para personas con consumos problemáticos. En Pichanal trabajan actualmente con alrededor de 25 personas, mientras que en Orán acompañan a un número algo mayor.
Además, cuentan con una granja donde permanecen entre 15 y 20 personas. Schatten destacó que estos dispositivos forman parte de una red nacional, lo que les permite mantener contacto con otras sedes, intercambiar experiencias y buscar respuestas comunes frente a situaciones similares.
Sin embargo, reconoció que la capacidad de respuesta es insuficiente frente a la magnitud de la demanda. “No damos abasto”, afirmó.
Por eso insistió en que el abordaje no puede depender únicamente del esfuerzo de organizaciones sociales, religiosas o comunitarias. “Se necesitan políticas públicas preventivas y asistenciales”, reclamó Schatten, al considerar que la problemática requiere más espacios de contención, prevención desde edades tempranas y acompañamiento sostenido a las familias.
Para el franciscano, el desafío principal no pasa solamente por combatir la circulación de drogas, sino por intervenir antes de que niños y adolescentes encuentren en el consumo o en la venta una alternativa frente a la falta de oportunidades. “Ponemos la mirada en los jóvenes”, resumió.


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