Opinión Jorge Folloni 01/11/2022

El juego de los egoísmos

El ministro de economía Massa, continúa con su política cuyo único plan, consiste en tratar de llegar al final de este mandato sin que la crisis terminal estalle, tomando para ello, una serie de medidas coyunturales y ninguna de fondo, encaminada a buscar soluciones estructurales para nuestra desquiciada situación.

Así por ejemplo, festeja ahora como un supuesto éxito, la negociación con los acreedores europeos nucleados en el denominado Club de Paris, aunque lo único que  consiguió, fue postergar para que la pague el próximo gobierno, una pesada deuda contraída en forma sumamente desfavorable para nuestro país, durante la gestión de Kicillof como ministro de economía de Cristina Kirchner.

En contra de este plan de patear los problemas hacia el futuro, conspiran por una parte, que lo obtenido mediante el denominado dólar soja, que es un tipo de cambio preferencial para inducir a los productores a vender las divisas obtenidas de sus cosechas, que si bien sirvió para fortalecer en algo las devastadas reservas del Banco Central, ya concluyó, con lo cual se desalientan las exportaciones y se incrementan las importaciones, lo que significa que son más los dólares que se van que los que llegan al país.

Pero otra mala noticia es que se prevé  una fuerte sequía, que se prolongaría hasta febrero, lo cual puede representar una caída en la próxima cosecha de alrededor de un treinta por ciento, con la consiguiente disminución en el ingreso de divisas.

A esto, se suma el hecho de que todas las consultoras internacionales, predicen la inminencia de una recesión mundial para el año próximo, cuyos efectos son agravados por las consecuencias de la guerra que se desarrolla en Ucrania, lo que se traduciría en una disminución del valor de las materias primas que producen países como el nuestro.

Frente a este cuadro tan preocupante, solo contamos con una clase dirigente que, lejos de estar a la altura de las circunstancias, parece solo empeñada en un una desenfrenada disputa de egos e intereses personales.

El presidente, ya totalmente despojado de poder y con una imagen negativa ante la sociedad que, según todas las encuestas alcanza a un setenta por ciento, intenta recién ahora tardíamente, gestos de rebeldía ante Cristina, designando a tres nuevas ministras sin consultarla, o anunciando ilusoriamente, que va a  competir en las próximas elecciones, como candidato a su reelección.

La vicepresidenta para no comprometerse,  mantiene un calculado y prolongado silencio, ante las medidas de ajuste que implementa Massa, que son mucho más severas que las que no le permitieron llevar a cabo al ex ministro Guzmán.

Por su parte Massa,  mantiene  gran actividad, en permanente contacto con Cristina e ignorando al presidente, en su ambición de lograr su propósito de que este gobierno concluya su mandato sin que se desaten conflictos aún mayores a los que soportamos, para así conservar la esperanza de que finalmente y por descarte, pueda llegar a encarnar la candidatura presidencial por el oficialismo que tanto anhela.

A su vez siempre, en momentos de angustia, desazón y bronca por la que atraviesa una sociedad, tal como ocurre en nuestro caso, aparecen los demagogos de izquierda, derecha o ultra liberales, que pretenden aprovecharse de esa situación, ofreciendo irresponsablemente soluciones descabelladas, incluso adoptando posturas payasescas y despotricando contra todo lo existente. 

Por su parte, la principal coalición opositora, se debate en una truculenta lucha de egos y apetencias de candidaturas, dando por descontada la derrota electoral del oficialismo, cuando uno de los peores errores que pueden cometerse en política, es anticiparse imprudentemente, a un supuesto triunfo.

Es así que dirigentes radicales, ansiosos de ganar protagonismo, pretenden hacerlo mediante la crítica pública y descarnada contra otros de sus hasta ahora socios frentistas, mientras el sector más duro, encabezado por Mauricio Macri y Patricia Bullrich, promete llevar más a fondo medidas que ya fracasaron en su anterior gestión y quienes encabezados por Rodriguez Larreta, demuestran vocación de diálogo y de ser conscientes de que la gravedad del momento que vivimos y el dificilísimo desafío que deberá afrontar un nuevo gobierno, torna aconsejable abrirse hacia un eventual gobierno de coalición,  no parecen asumir con claridad y decisión el rol que les compete.

De ese modo, nuestra dirigencia política de todos los colores y signos, está como ajena a la extrema gravedad del momento que vivimos y lejos de ello da la sensación, de  estar bailando en la cubierta del Titanic.

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