¡Es la Bandera, estúpido!
Uno puede admirar a los Estados Unidos, negociar con los Estados Unidos, aliarse con los Estados Unidos e incluso celebrar su independencia en la embajada de los Estados Unidos. Lo que no puede hacer un presidente argentino es olvidar, aunque sea por un instante, que el Monumento a la Bandera no pertenece a un gobierno: pertenece a la Nación.
Por eso la paráfrasis a la expresión de Bill Clinton le viene apropiada a este gobierno nacional, porque es una frase norteamericana también.
Reiteraré una vez más; yo voté a Milei y hoy exijo que me indemnicen el voto. Porque una cosa es haber votado la esperanza de un cambio aunque hoy nos haya defraudado, y otra muy distinta es que dentro del programa de gobierno se contemple la naturalización de una estética de la subordinación simbólica. Una cosa es abrir la economía; otra muy distinta es tercerizar el orgullo nacional.
Además ¿Cuánto costaron esos fastos para demostrar la postrernación y el vasallaje de un presidente ante el Tío Sam? Estimo que varios millones en un país donde ese mismo gobierno le niega una moneda a los jubilados, a los enfermos oncológicos, a los que quieren estudiar.
Tengo de derecho de preguntarme si mañana el presidente de Francia hiciera un acto semejante bajo la Torre Eiffel con la Bandera argentina ocupando el centro de la escena, ¿los franceses lo celebrarían como una muestra de amistad o se preguntarían qué necesidad tenía su presidente de hacerlo?
Nadie discute que la bandera de los Estados Unidos merece respeto. Como merece respeto la de Italia o la del Uruguay. La discusión no es la bandera. La discusión es el mástil. Porque hay lugares donde los pueblos hablan de sí mismos. El Monumento a la Bandera no es un edificio público más: es un altar cívico. Y los altares tienen reglas que no siempre están escritas.
Podemos discutir tratados, inversiones, alianzas estratégicas o afinidades ideológicas. Todo eso forma parte de la política exterior. Pero hay un punto donde la diplomacia termina y comienzan los símbolos. Y los símbolos no son un detalle protocolar: son el lenguaje profundo de las naciones. Porque, al final del día, no se trata de Washington ni de Buenos Aires. No se trata de Milei ni de sus adversarios.
¡Es la bandera, estúpido!