Opinión Mario Peña (h.) 06/07/2026

La competitividad no se decreta

El dólar alto no genera competitividad. Compensa, temporalmente, la falta de competitividad.

Leí una frase del ministro de Economía, Luis Caputo, que decía que la competitividad no depende del tipo de cambio. Y lo primero que pensé fue: tiene razón.

Ningún país desarrollado construyó su competitividad sobre una moneda devaluada. Los países que admiramos compiten porque tienen productividad, infraestructura, educación, crédito, seguridad jurídica, instituciones fuertes y reglas estables.

Hasta ahí, coincido.

Pero inmediatamente me surgió otra pregunta.

¿Cuántas de esas condiciones existen hoy en la Argentina?

Los principales organismos internacionales coinciden en que la competitividad no depende de una sola variable. Depende de un conjunto de condiciones: estabilidad macroeconómica, seguridad jurídica, infraestructura, logística, educación, innovación, acceso al crédito, un sistema tributario competitivo, instituciones sólidas y reglas previsibles.

Es un sistema.

No una sola variable.

Es cierto que este Gobierno logró ordenar buena parte de la macroeconomía. Veníamos de una inflación descontrolada y hoy la situación es claramente mejor. Sería injusto no reconocerlo.

Pero ordenar la macroeconomía nunca fue el punto de llegada.

Fue apenas el punto de partida.

Y acá es donde aparece mi diferencia.

No discuto el destino. Discuto los tiempos.

Como empresario sigo viendo rutas deterioradas, costos logísticos elevados, un sistema tributario complejo, crédito insuficiente para producir, infraestructura que necesita inversión y muchas dudas sobre la estabilidad de las reglas de largo plazo.

Entonces aparece una pregunta inevitable.

¿Es razonable exigir que las empresas compitan como si todas esas condiciones ya existieran?

Creo que no.

No porque crea que un dólar alto vuelva competitivo a un país.

No lo hace.

El dólar alto no genera competitividad. Compensa, temporalmente, la falta de competitividad.

Y acá aparece el punto que más me preocupa.

Me cuesta creer que un ministro de Economía desconozca cuáles son las variables que hacen competitivo a un país. Precisamente por eso, me sorprende que el debate se plantee como si el tipo de cambio fuera un reclamo caprichoso de los empresarios y no la consecuencia de que muchas de esas variables todavía siguen pendientes.

No creo que los empresarios argentinos quieran vivir de una devaluación permanente.

Creo que preferirían competir con rutas en condiciones, con energía suficiente, con acceso al crédito, con un sistema tributario razonable, con seguridad jurídica y con reglas estables.

Porque así compiten las economías exitosas del mundo.

Cuando un empresario pide un dólar más alto, muchas veces no está pidiendo una ventaja. Está confesando que el resto de las condiciones para competir todavía no existen.

Quizás el error no sea el objetivo.

Quizás el error sea haber retirado demasiado rápido el único mecanismo que amortiguaba parte de los costos estructurales de producir en Argentina antes de haber corregido las demás variables que hacen competitiva a una economía.

Las empresas no viven dentro de un plan económico.

Viven en la realidad.

Pagan salarios, impuestos, transporte, energía, financiamiento y proveedores todos los meses.

No pueden esperar cinco o diez años hasta que el resto de las reformas produzca resultados.

Porque si durante ese tiempo miles de pymes desaparecen, cuando finalmente llegue la competitividad estructural, quizás ya no quede gran parte del entramado productivo que debía aprovecharla.

No le pidamos a las empresas que compitan como si Argentina ya fuera el país que todavía no es.

La competitividad no se anuncia. Se construye. Se trabaja durante años. Y mientras esa construcción no termine, pretender que las empresas dejen de mirar el tipo de cambio es confundir la causa con la consecuencia. El dólar no es el problema. Es el síntoma de un país que todavía no resolvió las condiciones necesarias para competir.

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