Opinión Ernesto Bisceglia 30/03/2026

El país donde nadie se equivoca

Hay una escena que se repite en la Argentina con una precisión casi científica. Pasa en la política. Pasa en el periodismo. Pasa -si somos honestos- en la vida cotidiana. Aquí, nadie se equivoca. Nadie pide perdón. Nadie revisa lo que dijo o lo que hizo antes. Lo peor es que nadie se detiene a pensar si, tal vez, estaba equivocado.

Esta forma de hacer o de ser, más bien, se comprueba especialmente en el mundo político donde nadie resiste un archivo. Los que reniegan de lo hay hoy se olvidan que ellos fueron eso ayer. O incluso peor.  

Vivimos en un país donde todos hablan como si nunca hubieran fallado. Como si la realidad fuera siempre la que ellos dijeron… aunque se haya demostrado exactamente lo contrario.

Los medios se atiborran de personajes que anuncian diagnósticos que no se cumplen. De políticos que prometen soluciones que no llegan. Y hasta defienden ideas que terminan dañando a la sociedad, pero son buenas porque son las de ellos. 
 
Y sin embargo, nada pasa. No hay rectificación. No hay aprendizaje. No hay siquiera una mínima incomodidad moral. Es como si equivocarse no fuera humano… sino inadmisible.

Entonces aparece el mecanismo más argentino de todos, el error cometido no se corrige sino que se oculta. Y si los daños son evidentes se disimulan. Llegamos al punto en que hasta si es necesario, se lo reescribe. Esto último viene ocurriendo incluso con la Constitución Nacional y Provincial. 
 
De esa manera, así, lentamente, hemos ido construyendo una cultura donde el error no enseña, sino que se esconde.

Pero hay algo peor. Porque cuando una sociedad pierde la capacidad de reconocer sus errores, también pierde la posibilidad de aprender de ellos. Y cuando eso pasa, ya no hay evolución. 
Hay repetición de errores sin solución de continuidad. 

Así es que la Argentina no fracasa. La Argentina reincide. Reincide en los mismos diagnósticos livianos.
Reincide en las mismas recetas improvisadas. Reincide en la misma soberbia de creer que esta vez sí… que ahora sí… que ahora es distinto. Pero volvemos a elegir a los mismos. 

Y no. No es distinto. Es lo mismo, pero sin memoria.

Tal vez el verdadero acto revolucionario -en un país como el nuestro- no sea tener razón. Tal vez sea algo mucho más simple… y mucho más difícil: admitir que uno se equivocó.

Porque ahí, recién ahí, empieza algo parecido a la inteligencia. Y, con un poco de suerte, algo parecido al futuro. Ese que tanto se recita que “nos merecemos”. -

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Respuesta

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