Antesala
La política argentina ha vivido muchas veces este ciclo. Ocurrió con el regreso de la democracia en 1983, cuando la ilusión colectiva chocó rápidamente con la crisis económica de finales del gobierno de Raúl Alfonsín. Volvió a suceder en los años noventa, cuando las promesas de estabilidad y modernización del gobierno de Carlos Menem terminaron derivando en desigualdades profundas que estallarían en la crisis del 2001. Y más cerca en el tiempo, el ciclo kirchnerista, encabezado por Néstor Kirchner y luego Cristina Fernández de Kirchner, también pasó de una etapa de expectativas altas a una etapa de fatiga social.
La Argentina tiene memoria emocional. Y esa memoria influye en el humor social, ese termómetro invisible que muchas veces anticipa lo que luego aparece en las urnas.
Hoy ese humor social parece moverse en una zona compleja.
Muchos ciudadanos votaron con una expectativa muy clara: cambiar un modelo que consideraban agotado. El triunfo de Javier Milei expresó esa voluntad de ruptura con una política tradicional que gran parte de la sociedad sentía distante de sus problemas cotidianos.
Pero gobernar no es solo romper con el pasado. También implica administrar las expectativas del presente.
Cuando las promesas se presentan como soluciones inmediatas y la realidad muestra procesos más largos y dolorosos, lo que aparece es una sensación que hoy se escucha con frecuencia en la calle:
“El sacrificio lo estamos haciendo siempre los mismos.”
La esperanza entonces comienza a mutar. Y se transforma en ansiedad.
En términos de análisis político, ese fenómeno no es menor. Los estudios de opinión pública en distintos países muestran que cuando la expectativa inicial es muy alta, la frustración también puede ser proporcionalmente mayor si los resultados tardan en llegar o si el costo social se percibe como injusto.
En la Argentina actual conviven tres sentimientos al mismo tiempo.
Primero, un sector que todavía cree que el ajuste es necesario para ordenar la economía.
Segundo, un sector que comienza a sentir que el esfuerzo es excesivo o desigualmente distribuido.
Y tercero, un grupo cada vez más visible: los apartidarios.
Los apartidarios no son indiferentes a la política. Todo lo contrario. Son ciudadanos que ya no se sienten representados por las viejas identidades partidarias y que miran la política con una lógica más pragmática: quieren resultados, no relatos.
En ese grupo hay votantes de distintas tradiciones ideológicas, pero con algo en común:
no quieren el regreso del kirchnerismo, pero tampoco aceptan que en nombre del cambio se vulneren derechos o se naturalice la desigualdad.
Ese sector, silencioso pero creciente, está mirando algo muy concreto: si la política es capaz de reconectarse con la vida real de las personas.
Porque una de las crisis más profundas de la política argentina no es solo económica. Es una crisis de representación.
Cuando el ciudadano siente que la política discute en un idioma distinto al de su vida cotidiana —mientras él piensa en el precio del alquiler, el trabajo o la educación de sus hijos— aparece una distancia que luego se expresa como enojo o desconfianza.
La historia muestra que los gobiernos que logran sostener el apoyo social no son necesariamente los que prometen más, sino los que logran construir un puente entre la expectativa y la realidad.
Ese puente se llama credibilidad.
La Argentina necesita resultados, sí. Pero también necesita algo más profundo: una política que vuelva a escuchar antes de explicar.
Porque en democracia, el humor social no es un dato menor.
Es, muchas veces, la antesala del próximo capítulo de la historia.