El hijo putativo
Tengo para mí que el mileísmo es hijo putativo del kirchnerismo concebido entre masa y el propio Milei o, si se quiere, Santiago Caputo, con la idea de debilitar en su momento a cambiemos. Claro que es difícil pensar que al menos masa conozca eso que popularmente se llama buena fe, pero bueno, es solo una presunción. La cuestión que nos interesa es que el kirchnerismo y el mileísmo son las dos caras de una misma moneda, se necesitan recíprocamente, aspecto que puede apreciarse a simple vista.
Cuando el kirchnerismo casi está en la lona aparece Milei, lo sopla y lo hace resucitar. Pasó en el Congreso el 1 de marzo en ocasión de la apertura de las sesiones ordinarias, la más ordinaria de todas, al decir del gobernador de Chubut, Nacho Torres. Claro que el mileísmo en sí mismo es como un cisne negro.
Los otros días veía un buen reportaje que se le hacía a Mario Pergolini, un tipo inteligente, y cuando le preguntaron quién era su parecer Milei, respondió que Milei era la última creación de la televisión argentina. La cuestión es que los argentinos estamos ante problemas serios. Tenemos una enfermedad que nos afecta la imprevisibilidad, por eso no hay inversiones, de las de afuera y de las de adentro.
Nadie confía en nosotros y lo peor es que nosotros tampoco. Nuestro pasado nos condena, pero también nos condena nuestro presente. Nos hace imprevisibles, actualmente, la presencia fantasmal de Cristina, pero también la de sus huestes, entre las que se cuenta, obviamente, quien fuera su ministro de economía preferido Axel Kicillof, que nos hace imprevisibles también la presencia de Milei, mirándonos a los ojos y con una mano en el corazón.
Si alguno de nosotros fuésemos inversores en verdes y viésemos los stand-up de Milei, invertiríamos. Ni Caputo se anima a traer el canuto que tiene afuera. Bueno, por eso no baja el riesgo país, por nuestro pasado y por nuestro presente.
Lo dicho nos lleva a preguntarnos si tenemos salida. Y sí, claro que la tenemos, pero no pasa por la reelección de Milei, porque, como dijimos, es creador endógeno del riesgo. Además, porque su aporte ya está hecho.
Nos guste o no, ya está hecho. Consiste en haber mostrado a su modo, brutalmente, que el equilibrio fiscal es un valor importante que se debe preservar. Como dirían las abuelas, las letras con sangre entran, pero no alcanza con eso.
Falta mostrar y hacer el tipo de país que se pretende, en el que entremos todos, claro, no solo un 20%. Lo que está haciendo Milei ya lo anticiparon en su momento Martínez Dios y Menem, el primero en los 70, Menem en los 90. De allí surgió el desempleo y la pobreza estructurales, es decir, un país para pocos.
Nosotros deberíamos hacer lo que hicieron en sus respectivos países dos estadistas, Simón Pérez en Israel en 1985 y Fernando Enrique Cardoso en Brasil en los 90. Claro que ellos eran estadistas, es decir, especímenes de lo que precisamente nosotros carecemos. La diferencia entre un estadista y un simple narcisista es que los primeros piensan primero en su país, es decir, trascienden de sí mismos.
Los otros, los narcisistas, se limitan a mirarse al espejo y pensar que sus caprichos les hacen bien a todos. Bueno, así estamos. Con creces los argentinos ya comprobamos que no pasa por ahí la cosa.
Siempre las meras ocurrencias personales terminan mal, sobre todo para las sociedades que son las que tienen que soportar esas mezquindades. Lo que necesitamos son estadistas, narcisistas no sobran. Muchas gracias y hasta la próxima.