Opinión Antonio Marocco 26/06/2026

La política como servicio, no como conveniencia

En Salta venimos de una temporada alta de efemérides que marcan el pulso de nuestra identidad, desde la gesta de Güemes hasta el Día de la Bandera, recordándonos que somos un país que todavía sigue reescribiéndose. 

El invierno se asienta y por suerte seguimos disfrutando de ver a la Selección Argentina jugando otro Mundial: es emocionante que la bandera y los colores de la Argentina nos junten y nos enorgullezcan en cada casa, en cada cuadra y en cada rincón. Vale la pena incluso para aquellos que no son futboleros. Nos da la certeza de lo que se puede lograr y el clima que somos capaces de generar cuando ponemos algo más valioso por encima de todos.

En Salta venimos de una temporada alta de efemérides que marcan el pulso de nuestra identidad, desde la gesta de Güemes hasta el Día de la Bandera, recordándonos que somos un país que todavía sigue reescribiéndose. Una Patria viva, orgullosa del pasado y entusiasta del futuro.

Escribo estas líneas desde Santiago del Estero, donde nos encontramos participando de la una nueva sesión del Parlamento del Norte Grande. Junto al gobernador Elías Suárez y mi amigo el vicegobernador Carlos Silva Neder, seguimos sosteniendo este espacio de diálogo que no es solo una reunión de funcionarios, sino una trinchera de construcción regional.

Nuestra agenda es clara y no admite demoras: producción, conectividad, financiamiento y esa infraestructura estratégica que necesitamos para que el norte deje de ser pensado como un territorio periférico y se consolide como un nodo productivo y logístico clave para el continente. Esta mirada no puede estar ausente de los debates centrales que se están llevando a cabo en nuestro país. Separadas, las provincias no tienen la misma fuerza ni las mismas expectativas que luchando juntas.

El federalismo no se declama; se trabaja exigiendo una distribución más justa de los recursos para que nuestras provincias crezcan con igualdad de oportunidades.

Sin embargo, para que el desarrollo regional tenga sentido, debe estar respaldado por una ética de la responsabilidad que a veces parece escasear en el centro del poder nacional. En estos días, como muchos dirigentes y militantes de la política, me sentí interpelado por el gesto del ex senador nacional y ministro de la Educación Esteban Bullrich. Presentó su renuncia irrevocable al partido que ayudó a fundar, preocupado por considerar que la conveniencia política comenzó a pesar más que la coherencia ideológica. Bullrich es un dirigente con quien no compartimos espacio partidario, pero con quien sí compartimos el valor de entender la política como un servicio y no como un refugio de privilegios.

Su carta es una lección de integridad. Bullrich, atravesando su propia batalla personal contra la ELA, nos enseña que el tiempo es demasiado valioso para vivir en contradicción con la propia conciencia y que el verdadero liderazgo no nace del éxito electoral, sino de la coherencia entre los valores que proclamamos y las acciones que elegimos cuando esos valores son puestos a prueba.

En un contexto donde a veces lo inaceptable se vuelve paisaje, gestos como el suyo reivindican la política honrada. No podemos resignarnos a un clima de época que abandone la ética por la conveniencia, ni a una dirigencia que ignore que el verdadero poder es el servicio. Estamos a tiempo de corregir muchos caminos si somos capaces de volver a lo esencial.

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