Opinión Mónica Juárez 23/09/2025

Puro discurso

El acto de Javier Milei en Córdoba dejó en evidencia una contradicción que atraviesa a toda su gestión: la distancia entre lo que la ciudadanía demanda y lo que el Presidente decide comunicar. Milei eligió Córdoba como escenario porque la considera la “capital emocional” de su triunfo electoral, pero lo que se vio allí fue más un monólogo que un encuentro con la gente.

El principio básico de toda democracia es escuchar al electorado. No alcanza con hablar fuerte ni con repetir consignas incendiarias. Escuchar significa interpretar las necesidades reales de los ciudadanos: salarios que no alcanzan, inflación que se come el bolsillo, falta de acceso a la salud y a la educación. Nada de eso estuvo presente en Córdoba. En cambio, Milei se limitó a reforzar su discurso para un único público: los jóvenes que lo acompañan con fervor, a quienes él mismo conduce como lo hacía la vieja política, bajo el estandarte de la épica y el espectáculo, pero sin un verdadero diálogo.

Lo paradójico es que Milei llegó al poder denunciando los vicios de la casta, pero su estrategia en Córdoba mostró los mismos reflejos: montar un show, buscar ovaciones y evitar el contacto con las preguntas incómodas. Escuchar al pueblo no es llenar un estadio, sino caminar los barrios, responder a los problemas concretos y asumir que gobernar es mucho más que gritar desde un atril.

El problema es que Milei parece vivir en una burbuja política, desconectada de la realidad económica que golpea todos los días a los argentinos. Mientras en Córdoba se celebraba un acto, afuera subía el dólar, el riesgo país trepaba y las familias se preguntaban cómo llegar a fin de mes. Es como un capitán que brinda discursos de victoria en la cubierta del barco, sin advertir que debajo la tripulación lucha para achicar el agua que entra por las grietas.

La historia argentina nos da lecciones claras: los líderes que dejaron huella fueron aquellos que supieron escuchar a su pueblo. Yrigoyen con la “causa del pueblo”, Perón con el reconocimiento de los trabajadores, Alfonsín con el “Nunca Más”. Todos entendieron que la legitimidad no se construye solo con palabras, sino con la capacidad de interpretar y canalizar las demandas sociales de su tiempo. Ignorar esas voces fue, siempre, el comienzo del declive de los gobiernos.

La política, para ser transformadora, debe recuperar el oído. El silencio de la gente muchas veces dice más que los aplausos en un acto. Milei, al cerrarse en su círculo juvenil y en sus propias consignas, corre el riesgo de repetir lo que tantas veces criticó: convertirse en un dirigente desconectado, ensimismado y distante.

El electorado argentino ya demostró que no perdona a quienes no escuchan. Córdoba, que lo consagró, puede también convertirse en el lugar donde se empiece a notar el desgaste de un estilo que habla mucho, pero oye poco. Y la democracia, si tiene algún principio innegociable, es este: la política se legitima cuando presta oído al pueblo y transforma esas voces en decisiones concretas.

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