Opinión Mónica Juárez 16/09/2025

Septiembre

Septiembre avanza y con él un escenario político que se va reconfigurando día a día. Lo que se palpa en las calles y en las urnas es que el oficialismo ya no tiene aquel blindaje con el que arrancó su gestión. El malestar es real y cada vez más visible: se expresa en el voto, en la desconfianza, en la distancia de sectores que hace poco estaban dispuestos a darle crédito.

Los datos venían marcando la tendencia. El índice de confianza en el gobierno cayó con fuerza, sobre todo entre los jóvenes y en los sectores populares, que en teoría eran la base más firme. Esa caída no es solo un número: es un termómetro social que muestra cómo la expectativa se transforma en desencanto. Y a esa desconfianza se sumó un hecho político clave: los tres vetos presidenciales.

Lejos de ser interpretados como gestos de autoridad, los vetos se leyeron como un golpe de puño en la mesa frente a una sociedad que pedía diálogo. Para muchos ciudadanos fueron la confirmación de que el gobierno no escucha, que no tiende puentes y que prefiere imponer antes que negociar. En un contexto de inflación, recesión y bronca acumulada, esa señal tuvo un efecto profundo: reforzó la idea de un poder aislado, desconectado de la vida cotidiana. Y la ciudadanía, que no es ingenua, tomó nota.

En los barrios, donde antes el discurso disruptivo despertaba entusiasmo, ahora se respira rechazo. La motosierra, que en un principio era vista como símbolo de cambio, hoy genera temor y cansancio. Los casos de coimas, las respuestas frías frente a jubilados y pacientes, y la falta de empatía hacia los sectores vulnerables pesaron más que cualquier relato de ajuste necesario. Lo que empezó como un fenómeno distinto, terminó pareciéndose demasiado a lo de siempre.

A este cuadro se le suma otro dato decisivo: los gobernadores han empezado a tomar distancia. Esa falta de apoyo provincial deja al gobierno encapsulado en un esquema centralista, sin anclaje en los territorios. Y cuando los mandatarios provinciales no acompañan, el mensaje es contundente: el poder ya no se articula de manera federal, y sin gobernadores, no hay Congreso que garantice gobernabilidad. La soledad política se multiplica.

Y pese a este escenario, el presidente tomó una decisión clara: no cambiar el rumbo. Tras las elecciones, eligió profundizar su estilo y su estrategia en lugar de moderar. Esa postura, para algunos, refleja coherencia; pero para muchos otros, es señal de rigidez e incapacidad de leer el nuevo humor social. No dar un giro, no corregir, es una apuesta política fuerte que lo coloca en un camino de todo o nada.

Así, el oficialismo queda en un callejón complejo. Porque la política no se sostiene solo con discursos ni con redes sociales; se sostiene con acuerdos, con consensos, con respaldo en el territorio. Y en este momento, la suma de vetos, la falta de empatía y el quiebre con los gobernadores refuerza la sensación de que el gobierno se está aislando cada vez más.

Frente a esto, aparecen los interrogantes inevitables: ¿los decepcionados se quedarán en sus casas en la próxima elección? ¿Buscarán castigar al gobierno votando por otra opción? Sea cual sea la respuesta, el oficialismo pierde caudal. Porque cuando la confianza social se rompe, cuesta muchísimo reconstruirla, y más aún cuando la ciudadanía percibe que la respuesta oficial es cerrarse aún más.

En paralelo, el frente económico no ayuda: el dólar se sigue guardando en los colchones, las expectativas inflacionarias crecen y el humor social se crispa. En este clima, los vetos, que debían transmitir fuerza, se convierten en un búmeran: terminan reforzando la idea de aislamiento y debilidad. Y cuando un gobierno queda solo, sostener la política se vuelve una tarea casi imposible.

La historia argentina nos enseña que los proyectos que no logran equilibrar firmeza con empatía terminan siendo frágiles. Hoy el mileísmo enfrenta exactamente ese dilema. O encuentra la capacidad de recomponerse política y socialmente, o corre el riesgo de transformarse en otro experimento breve, recordado más por su intensidad que por sus logros.

El desafío es enorme. Y la respuesta, como siempre en democracia, la tiene la gente. Porque al final del día, es la ciudadanía la que con su voto define el rumbo y la que pone límites a cualquier poder que intente avanzar sin escuchar.”

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