Opinión Ernesto Bisceglia 20/07/2026

La política exterior argentina: entre los intereses nacionales y las lealtades ideológicas

La política exterior suele quedar fuera del debate público, aunque de ella dependen decisiones estratégicas para el futuro del país. ¿Debe responder a intereses nacionales o a afinidades ideológicas?

En la Argentina discutimos apasionadamente la política doméstica, pero casi nunca debatimos la política exterior. Sin embargo, de ella dependen buena parte de nuestro futuro económico, nuestra inserción internacional y hasta la posibilidad de recuperar las Islas Malvinas. 

El gran problema argentino es que la población ya no comprende ni siquiera la política interna, menos todavía podemos pensar en que entienda qué pasa en la Cancillería.

La pregunta de fondo no es si debemos ser amigos de Estados Unidos, de China, de Europa o de Israel. La verdadera pregunta es otra: ¿la política exterior argentina responde a los intereses permanentes de la Nación o a las afinidades ideológicas del gobierno de turno?

A partir de esta pregunta podemos desarrollar tres ideas:

I. La política exterior no puede cambiar cada cuatro años

Los países serios mantienen objetivos permanentes. Cambian los gobiernos, pero no cambian sus intereses estratégicos. Las grandes naciones plantean objetivos a medio siglo, a veces más. En 1890, el entonces presidente de los Estados Unidos, dijo: “Habrá un mundo con una sola bandera, una sola moneda y una sola bandera. Debemos prepararnos para liderar ese momento”. La historia nos releva de mayores comentarios. 

II. Malvinas como política de Estado

Malvinas no debería ser un argumento de campaña ni un símbolo apropiable por un espacio político. Es una Causa Nacional que exige continuidad diplomática, jurídica e internacional durante décadas. Lo de Malvinas, incluso más, pasó de ser una cuestión diplomática a convertirse en un sentimiento nacional. 

III. El riesgo de las lealtades ideológicas

Este es el punto más álgido. El presidente Hipólito Yrigoyen, sentó el principio de la neutralidad argentina frente a conflictos internacionales. No era indiferencia, sino una herramienta para preservar la capacidad de decisión soberana de la Argentina.

Ha pasado un siglo desde entonces, es verdad, y todo gobierno tiene afinidades, lo cual es natural. Lo que deja de ser conveniente es cuando esas afinidades desplazan el interés nacional. La pregunta no es si un presidente simpatiza con Washington, Bruselas, Pekín o Jerusalén. La pregunta es si cada decisión fortalece o debilita la posición internacional de la Argentina.

Lo que este país no termina de comprender es el sentido de lo que se llama políticas estratégicas. Aquí iniciamos todo cada cuatro u ocho años de nuevo, porque las ideologías cambian con las elecciones  y los gobernantes de turno no entienden que los intereses nacionales deben sobrevivir a los gobiernos. 

Una Nación madura no elige amigos por afinidad; elige aliados en función de sus objetivos permanentes y siempre con la idea presente de que el territorio y la soberanía son innegociables. 

Cuando la política exterior deja de responder a la Nación para responder a las convicciones personales de un gobierno, deja de ser política de Estado y se convierte en política de ocasión. Y ese ha sido, quizás, uno de los grandes problemas de la Argentina contemporánea.

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