
Las guerras actuales
El grado de saña con que se asesina personas, se mata niños, se bombardea colegios, hospitales y hasta templos, nos pone ante decisiones que no pueden proceder de personas que razonen con la cordura y la mínima empatía por los otros seres humanos que suele acompañar un psiquismo medianamente normal.
El uso de la tecnología para alcanzar precisión en los ataques es el instrumento de esa falta de empatía humana. También el bloqueo para impedir la llegada de alimentos o de atención médica.
Que las pantallas nos muestren las atrocidades que se realizan y que los relatos periodísticos las describan con distancia aséptica puede llevarnos a perder la capacidad de asombro. A recibir esas noticias como quien oye llover.
Esto sería una importante afectación de nuestro sentido moral. Nos acercaría moralmente a quienes generan esas acciones inhumanas.
También es cierto que, en los relatores mediáticos, a menudo, hay sesgos que inclinan la balanza del juicio ético para favorecer a algunos de los actores, justificando, o maquillando con palabras, las acciones.
Es sabido que en las guerras la verdad de la información suele verse afectada. Lo que es un asesinato se puede relatar como “sacar de escena”, lo que es un crimen de guerra como “acciones discutibles”. A nosotros nos cabe tomar distancia crítica de los relatos y, si nos interesa estar informados, buscar distintas fuentes para poder comparar.
Para saltearse la condena moral por ser un iniciador de guerras, desde hace unas décadas se quiere introducir la noción de “guerra preventiva”. Esto significa que se inicia el ataque porque se sabe que la otra parte tiene, supuestamente, preparada y sin retorno una inminente agresión.
Este planteo echa por tierra todo el derecho internacional, la existencia de la diplomacia multilateral y toda consideración racional equilibrada. No difiere para nada de la guerra de agresión. Ya en décadas pasadas se mostró luego cómo la supuesta agresión de la otra parte y la gravedad de su poder de ataque no existían.
Con estupor y temor vemos cómo, trágicamente y con nuevos armamentos, la historia suele repetirse.
Las naciones destruidas y las personas muertas, mutiladas y sufrientes, son reales. No son imágenes de pantalla de un video juego.







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