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Este jueves 8 de enero, la localidad correntina de Mercedes se convertirá en el epicentro de la mayor muestra de fe pagana del país.
Sociedad07/01/2026
Un gauchillo, bandido rural y desertor, apresado y pasado a degüello sin juicio previo por una partida militar, protagoniza casi un siglo y medio después de su sangriento final el fenómeno de devoción popular pagana más potente de la Argentina. Tanto se arraigó y se extendió, que la iglesia Católica decidió acompañar, sin autorizarlo, el culto a quien el pueblo concibe milagroso e intercesor ante Dios.
Es el Gauchito Gil. La figura, celeste en la camisa y roja en la vincha, el pañuelo al cuello y la faja, se multiplica recortada sobre una cruz marrón en los altares que la creencia popular le levanta profusamente, especialmente en los barrios humildes y a la vera de las rutas.
Las banderas rojas desplegadas al viento tornan inocultables los sitios de veneración, donde los devotos encienden velas rojas y dejan toda clase de objetos para cumplir la promesa por los favores sobrenaturales recibidos.
Pero es cada 8 de enero, en la localidad correntina de Mercedes -donde la tradición oral ubica en 1870 al personaje y su leyenda-, que la exaltación del Gauchito cobra espectacularidad sin par, en una multitudinaria explosión de entusiasmo, música y fervor, que la convierten en la más colorida de las que generan las creencias populares. Allí se levanta el “santuario” principal, y se erige la cruz de espinillo, que juega un papel principal en la historia de Antonio Mamerto Gil, el “gauchito” venerado.
Dice la leyenda que fue en un bosque de espinillos o espinillar, donde Gil, que había desertado para no participar en la lucha fratricida entre los celestes (unitarios) que lo reclutaron y los colorados (federales), fue sorprendido por la partida que lo perseguía. Agrega que Gil no se resistió, y que en vez de conducirlo a Goya para juzgarlo, lo colgaron de los pies de lo alto de un árbol, y el coronel que mandaba la tropa lo degolló.
Cuentan que sus últimas palabras dirigidas a su verdugo fueron “la sangre de un inocente sanará a otro inocente”. La frase cobró sentido cuando el militar llegó a su casa y halló a su hijo al borde de la muerte. Desesperado regresó adonde todavía estaba la sangre fresca del muerto, y untó con ella el rostro del pequeño, que se salvó.
En agradecimiento erigió una cruz en el lugar del martirio, que comenzó a ser frecuentado cuando se corrió la voz del hecho milagroso. Pero la invasión de devotos alteró al dueño del campo, que derribó la cruz y desbarató las ofrendas. Según la creencia popular, ese acto le provocó locura y muerte. La cruz volvió a levantarse, el lugar se convirtió en un santuario pagano, y desde entonces no para de crecer.
En vida y después de muerto, Gil concitó la adhesión de los pobres, que primero lo protegían agradecidos porque compartía con ellos el fruto de sus asaltos a los adinerados, y después de su sacrificio perpetuaron su memoria. Pero la fe en los poderes del Gauchito atraviesa todas las clases sociales, como pudo comprobarse con las ofrendas que durante décadas se acumularon en el santuario.
Campeones mundiales de boxeo como Látigo Coggi pasaron a dejar sus guantes y batas; muchos héroes de las Malvinas depositaron sus sables y uniformes; centenares de novias se desprendieron de sus blancos vestidos, y miles de chapas patentes de automotores cubrieron las paredes de los salones destinados al depósito de las ofrendas, entre las que no faltaban joyas valiosas. Todas en agradecimiento por los favores recibidos.
Pero el diablo de la corrupción metió la cola. Los administradores del santuario incurrieron en manejos mafiosos, las joyas de oro fueron fundidas y comercializadas, el negocio de la venta de imágenes y objetos del culto desnaturalizó la condición espiritual del fenómeno, y no faltaron denuncias de venta de drogas y amenazas, hasta que una riña sangrienta que provocó dos muertos obligó a las autoridades a intervenir.
Las topadoras derribaron las construcciones de los mercaderes que tapaban literalmente el santuario, la actividad comercial fue reubicada para que no perturbe el contacto del Gauchito con sus fieles, mientras durante años se erigía el nuevo santuario, que se inauguró por fin hace tres meses.
Es un complejo de 435 m² de hormigón y vidrio con un diseño icónico en color rojo, que incluye un atrio de 12 metros para los fieles que acuden a rendirle culto a Gil; un oratorio íntimo con luz cenital, áreas comerciales, camping y estacionamiento para mejorar la seguridad y orden de los visitantes, que llegan a congregarse por centenares de miles.
Los creyentes llegan de toda la Argentina y algunos países limítrofes. Es numerosa la presencia de seguidores del Gauchito que provienen del Gran Buenos Aires. Este culto nació en Corrientes y su propagación se atribuye a dos causas principales, por un lado, la emigración de correntinos en busca de trabajo que provocaron las sucesivas crisis económicas, y por el otro, la adhesión que despertó en los camioneros que recorren toda la geografía argentina. Unos y otros lo difundieron por todo el país.
Las banderas y velas rojas son el signo distintivo del culto a Gil. El rito en el santuario incluye tradiciones pintorescas, como la de tomar bebidas alcohólicas y fumar cigarrillos encendidos dejados como ofrendas por otros fieles, a condición de reponerlas con otras propias.
La posición de la iglesia Católica respecto del culto a Antonio Gil, en cuya celebración anual participa activamente (el acto inaugural de la fiesta es una misa en la Catedral de Mercedes y hay oficios periódicos en el santuario), fue resumida por el monseñor José María Arancibia (ex delegado para las causas de los santos en la Conferencia Episcopal Argentina) en estos términos: “Son personas que quizás no van a ser nunca canonizadas, pero son leyendas de gente abnegada que lucho por otros”.
El Gauchito es un viejo conocido del fallecido papa Francisco, que cuando era arzobispo de Buenos Aires lo encontraba con asiduidad en las visitas que realizaba con frecuencia y preferencia a las villas y barrios populares, en los que suelen abundar las imágenes y las banderas rojas que identifican la arraigada veneración popular que concita.
El obispo de Goya, Adolfo Canecín, contó que el Papa le recomendó que se diera la mayor difusión a la novena para el Gauchito Gil elaborada por los sacerdotes Luis Adis y Julián Zini, este último, recientemente fallecido, también notable poeta.
En esa novena se aconseja rezar tanto por el alma de Antonio Gil como por las de todos los fieles difuntos; se recomienda que la devoción se centre “en la cruz de Nuestro Señor Jesucristo y no en el difunto”, y se lamenta “la mezcla de expresiones de religiosidad popular con manifestaciones de magia y superstición”.
El padre Julián Zini es también autor de un poema que absuelve al Gauchito Gil de las transgresiones a la ley (robo y deserción) que protagonizó en vida y que desencadenaron su muerte.
“Si robó, le robó al rico, por justicia popular, ¡la inocencia de los pobres se llama necesidad!”.
El sacerdote ensalza las acciones que llevaron a Gil a los altares populares a lo largo y ancho de la Argentina, en un culto creciente a casi un siglo y medio del hecho que dio origen a su leyenda.
“Dicen que fue su delito pelear por la libertad, no aguantarse la injusticia y alzarse al monte nomás. Tal vez por eso la gente le reza cada vez más”.
Con información de TN

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