Opinión Ernesto Bisceglia 11/05/2026

El abismo de la desconfianza o la anatomía del desencanto

La sociedad argentina transita entre dos realidades igualmente peligrosas: la carencia absoluta de líderes y la anomia que ha ganado a la población. Por un lado, la única figura que podría concentrar esa suerte de conducción que es el presidente, se conduce como un barra brava, y por el otro lado, la crisis de las Instituciones fundamentales de la república, nos han llevado a la pérdida del valor orden y justicia.

Porque las Instituciones fueron creadas para dar orden y previsibilidad, entonces, cuando el ciudadano siente que la justicia es lenta, que la seguridad es selectiva o que la burocracia estatal es un obstáculo, la indiferencia no es falta de interés, es un mecanismo de defensa.

Entonces ocurre lo que estamos viviendo que es el paso del "no me representan" al "no me importan", y este es el momento más peligroso donde las reglas del juego empiezan a considerarse opcionales.

Antes, la caída de un líder se reemplazaba con la estructura partidaria donde los mecanismos generaban una nueva conducción, pero hoy no tenemos ninguna de las dos y esto ha llevado a la multiplicación de personalismos aislados donde se destaca el mejor sino el más vivo, el más histriónico para utilizar las redes sociales. 

No hay fundamento humano; de modo que la discusión que se nos plantea dar es si el problema son los nombres propios que ocupan los cargos donde comprobamos la falta de idoneidad o de ética, o si el diseño institucional quedó obsoleto para la velocidad del siglo XXI.

Y aquí tenemos la otra cuestión, porque las instituciones suelen ser lentas y analógicas, mientras que la demanda social es inmediata y digital. Esa brecha de velocidad genera una percepción de inútil inmovilidad; se lanza así una carrera donde suele ganar el más rápido que no siempre es el mejor. 

El Cinismo Digital como Obstáculo

En las redes, el desprestigio se viraliza más rápido que la gestión, por eso, creen que “hacer política” es generar posteos apropiándose de obras que les pertenecen y denunciando lo que hace mal el otro, pero ideas, proyectos sustentables, no se encuentra ninguno.

Así, el cinismo se vuelve una postura "inteligente" o "cool", y quien intenta defender lo institucional termina siendo un ingenuo, porque hoy la política ya perdió su sentido de vocación de servicio y es solamente el vehículo para enriquecerse con los privilegios. Muchos de los que hoy “son alguien” en la sociedad por la política, en sus profesiones o trabajos no habría pasado de ser hombres o mujeres grises, cercados económicamente por un sueldo.

El diagnóstico es grave: hemos perdido el sentido de la verdad compartida y tenemos el pacto social rasgado, porque si no superamos el fenómeno de apostar a personas sin recuperar el valor de las Instituciones que validan la realidad, terminamos construyendo, cada uno, su propia verdad y allí aniquilamos toda posibilidad de un acuerdo colectivo. 

 ¿Cómo se reconstruye el prestigio?

El antídoto es volver a la ejemplaridad, algo difícil cuando vemos que los actores políticos -casi todos- ninguno puede ser ejemplo de nada. Y no se recupera el prestigio con posteos de Tik Tok, sino con actos de transparencia radical y coherencia. Mostrando en los Recintos legislativos y en los cargos públicos idoneidad y vida honesta.

Se trata, pues, de volver a la “ética” como naturaleza de las cosas. Volver a humanizar la política y el Estado. Reivindicar que "lo público" no es algo abstracto que pertenece al Estado, sino que es el patrimonio común de los ciudadanos.
Porque por este camino por donde vamos, cuando la desconfianza se institucionaliza, la corrupción deja de ser un escándalo para convertirse en un paisaje. Y el cinismo digital termina siendo el refugio de una sociedad que, de tanto ser defraudada, decidió que ya nada vale la pena.

Reconstruir lo público no es un desafío técnico, es un desafío moral que tiene que ver con volver a creer que la palabra del otro tiene valor.

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