Entre un escándalo al otro
Desde hace un par de años, la sensación es esa: no llegamos a procesar un hecho cuando ya estamos comentando el siguiente. Como en esas viejas radionovelas, pero sin romanticismo y con demasiada impunidad.
Nos dijeron que venían a terminar con “la casta”, a ordenar, a transparentar. Pero el relato empieza a hacer ruido cuando se naturaliza que endeudarse no es problema —“no es robar”, dicen— mientras la línea entre lo público y lo privado se vuelve cada vez más difusa. Y ahí es donde la historia argentina, siempre generosa en ejemplos, nos susurra al oído: cuidado con los eufemismos. Porque cuando el lenguaje se acomoda demasiado, la realidad suele desacomodarse peor.
Todos los días aparece algo. Si no es un escándalo, es otro. Si no es una polémica, es una explicación difícil de sostener. Un día faltan alimentos que debían llegar a quienes más lo necesitan; al otro, aparecen vínculos incómodos con el mundo del delito. Después, estafas con criptomonedas que prometían libertad financiera y terminaron siendo la vieja historia de siempre: pocos ganan, muchos pierden.
Y como si fuera poco, escenas que parecen sacadas de otra época —o de una mala película—: valijas que entran sin control, rutas del dinero difíciles de explicar, organismos sensibles envueltos en sospechas. La Argentina, que ya atravesó demasiados capítulos oscuros, debería tener memoria suficiente para no naturalizar estas situaciones.
Ni hablar de los nombres propios que reaparecen. Porque este país tiene algo de déjà vu permanente: apellidos que vuelven, lógicas que regresan, prácticas que mutan pero no desaparecen. Como si la historia no se repitiera, pero rimara… y a veces con una rima bastante desafinada.
Y en Salta, claro, tampoco estamos al margen de este clima. Tenemos nuestros propios exponentes de este estilo. El doble discurso ya no sorprende, pero sí preocupa. Porque cuando alguien no puede explicar con claridad cómo utiliza recursos públicos —o prefiere no hacerlo—, el problema no es de comunicación, es de conducta.
Se vuelve casi grotesco cuando se intenta justificar lo injustificable: desde el uso de viáticos para cuestiones personales hasta situaciones que rozan lo inverosímil. Y como si eso no alcanzara, la improvisación en los espacios institucionales termina de completar el cuadro. No leer un reglamento no es un detalle: es una falta de respeto a la función que se ocupa y, sobre todo, a la gente que se representa.
La política argentina tuvo momentos de enorme grandeza, incluso en medio de crisis. Supo construir liderazgos, generar acuerdos, ordenar el caos. Pero también tiene esta otra tradición, menos noble, donde algunos creen que la política es un atajo y no una responsabilidad.
Tal vez lo más preocupante no sea cada hecho aislado —que ya de por sí es grave— sino la acumulación. La idea de que todo pasa, de que todo se diluye, de que nada tiene consecuencias. Esa peligrosa sensación de normalidad frente a lo que claramente no es normal.
Porque si algo enseña la historia —y en esto no hace falta ir muy lejos, basta con repasar las últimas décadas— es que cuando la sociedad se acostumbra a lo inaceptable, el costo siempre llega. Y nunca lo pagan los mismos.
Mientras tanto, seguimos así: entre un escándalo y otro, entre una explicación y otra, tratando de entender si esto es una etapa, un desvío… o simplemente el síntoma de algo más profundo que todavía no queremos terminar de asumir.