Household voting: la idea de quitarle el voto a las mujeres que crece en Estados Unidos

La idea es un estandarte político que no tiene nada de ingenuo y apunta a la anulación de las autonomías de quienes no nacieron con el privilegio de la masculinidad.
Sociedad19/06/2026

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No, no es una escena del Cuento de la Criada. Las mujeres de la iglesia King’s Way Reformed Church, en Arizona, asisten con pequeños pañuelos atados sobre el pelo. No es un accesorio ni una tradición cultural: es, según ellas mismas explican, una señal visible de sumisión a la autoridad de sus maridos. Lo que esta comunidad predica va mucho más allá del guardarropa: creen que Estados Unidos estaría mejor si las mujeres no pudieran votar.

¿Suena extremo? Hace una década, lo era. Hoy, ya no tanto.

¿Qué es el household voting y quiénes lo impulsan?

El concepto de household voting —voto por hogar — propone que en cada familia vote únicamente el hombre, como cabeza del núcleo. Un hogar, un voto: el del marido. Sus impulsores lo fundamentan en lo que llaman “patriarcado bíblico”, una lectura literal de ciertos pasajes del Nuevo Testamento que instruye a las esposas a someterse a sus maridos “como al Señor”. El pastor Dale Partridge, de 40 años, fundó King’s Way con unas pocas personas en 2021; hoy tiene más de cien feligreses que llegan desde Phoenix, Minnesota, Las Vegas, Canadá y Alemania. Para él, la aprobación de la 19ª Enmienda en 1920 —que garantizó el voto femenino en EE.UU.— fue el inicio de la decadencia nacional.

Lo que antes era una provocación de nicho hoy circula con creciente naturalidad en los rincones ultraconservadores de internet conocidos como la manosfera. Y ya no se queda ahí. Pete Hegseth, Secretario de Defensa del gobierno Trump, compartió el año pasado un clip de pastores de su denominación ultraconservadora argumentando que las mujeres deberían ser excluidas del voto. La podcaster conservadora Alex Clark dijo en su programa que “no le molestaría que solo votara el hombre de la casa”. La activista antiaborto Abby Johnson, oradora en la Convención Republicana de 2020, también respaldó la idea. “La adopción temprana de cualquier idea siempre parece extraña para las masas”, dijo Partridge al Times. “Pero unos años después, la masa está ahí.”

Beth Allison Barr, historiadora de la Universidad Baylor y autora de The Making of Biblical Womanhood, afirma: “Antes enseñaba esto como que ‘existe este fenómeno marginal’. Ahora lo enseño como ‘esto ya no es nada marginal’."

El complementarianismo: cuando el patriarcado suena razonable

Para entender cómo este discurso gana adeptos, hay que entender su versión “suavizada”: el complementarianismo. Esta corriente, extendida en el evangelismo mainstream, sostiene que hombres y mujeres tienen roles distintos pero “igualmente valiosos”. En la práctica, muchos matrimonios complementaristas funcionan de forma bastante igualitaria; la diferencia teórica es que, en caso de desacuerdo, el marido tiene la última palabra.

¿Dónde está el peligro? En que este marco resulta enormemente atractivo porque se viste de orden, de paz doméstica, de roles claros en un mundo que satura. “Se vende porque es atractivo y reconfortante, y habla a nuestro deseo de orden en medio del caos”, sostiene en entrevistas Tia Levings, autora del memoir A Well-Trained Wife, quien dejó un matrimonio patriarcal y hoy asesora a mujeres que han sufrido abuso en ese tipo de vínculos.

La trampa está en que el complementarianismo es la puerta de entrada al patriarcado bíblico puro y promete ser su versión coherente. Corbin Clarke, pastor asistente de King’s Way, lo sintetiza sin eufemismos: “La política es por naturaleza como la guerra. Las mujeres no fueron hechas para la batalla. Fueron hechas para el amor. Para la belleza.”

Este discurso dialoga directamente con lo que se ha llamado heteropesimismo: esa sensación difusa, especialmente entre mujeres jóvenes, de que las relaciones heterosexuales son agotadoras, desiguales y poco satisfactorias. Del mismo modo que las tradwives —esas influencers que exhiben con glamour la vida doméstica tradicional— canalizan ese agotamiento hacia una aparente solución estética y romántica, el patriarcado bíblico ofrece una respuesta teológica: el problema no es el género, es que no están siguiendo el diseño original de Dios. Es seductor precisamente porque nombra un malestar real.

Lo que este discurso no ve —o prefiere no ver—

La propuesta tiene un problema material que sus adherentes esquivan con elegancia: en la economía real, el salario de una sola persona raramente alcanza para sostener una familia. El modelo del hombre proveedor y la mujer en casa es, para la mayoría de los hogares, una fantasía de clase. No porque las mujeres no quieran estar en casa si así lo eligen, sino porque la estructura económica lo hace imposible para millones.

El patriarcado bíblico también tiene un problema de consistencia interna respecto de las mujeres solteras: ¿quién vota por ellas? En King’s Way tienen respuesta: padres, hermanos, tíos. Gay no. Divorciadas, tampoco. La “solución” revela el proyecto real: no se trata de reorganizar votos, sino de reorganizar mujeres.

Y hay otro dato que los relatos de armonía doméstica no siempre incluyen: Levings describe en su libro cómo su marido, tras leer los textos del pastor Doug Wilson —mentor espiritual de estas comunidades—, comenzó a exigirle que lo llamara “mi señor” y a disciplinarla con un cinturón. “La meta final”, dijo al New York Times, “es tener a las mujeres en casa, fuera de la arena, fuera de la sociedad pública, silenciosas y procreando.”

Las tradwives llegaron. ¿Qué sigue?

Hace no tanto tiempo, hablar de tradwives en Argentina sonaba a fenómeno lejano, curiosidad del norte global. Hoy tienen cuentas en español, comunidades en WhatsApp, y debates en horario central. Las tendencias culturales llegan: tarde, pero llegan.

¿Podría el household voting hacer el mismo recorrido? La pregunta no es hipotética. El contexto local ofrece condiciones.

Dante Gebel, pastor evangélico que llena estadios en todo el mundo, avanza con su espacio Consolidación Argentina de cara a una eventual candidatura presidencial en 2027. Con 5,6 millones de seguidores en Facebook, 2,3 millones en Instagram y más de 3 millones de suscriptores en YouTube, Gebel es exactamente el tipo de figura que estas comunidades quieren ver en el poder: carismático, masivo, teológicamente orientado. Su candidatura aún no está confirmada, pero el aparato político que la rodea es real y federal.

Mientras tanto, el gobierno nacional acaba de dar otra señal que no debería leerse de forma aislada. El 16 de junio, el Poder Ejecutivo dictó el Decreto 467/2026, que eliminó la posibilidad de que la ciudadanía presente observaciones en el proceso de designación de magistrados, y que además suprime la necesidad de velar por la igualdad de género y la diversidad de especialidad y procedencia al momento de proponer candidaturas para la Corte Suprema. Para el constitucionalista Federico Ambroggio, lo más grave del decreto es que deroga el artículo tercero del decreto 222/2003, que establecía que la Corte Suprema debía tener diversidades de género, especialidades y procedencias regionales. “La eliminación del estándar de la diversidad de género es inadmisible”, sostuvo.

A esto se suma el vínculo explícito del presidente Javier Milei con una teología particular: su cercanía con Israel, su insistencia en la noción del “pueblo elegido”, sus referencias bíblicas como lenguaje político. No es un gobierno que practique el patriarcado bíblico al estilo de King’s Way, pero sí uno que normaliza el uso de lo sagrado como argumento político. Y ese es el suelo en el que estas ideas germinan.

La pregunta que queda

¿Por qué nos importa lo que pasa en una iglesia de Arizona? Porque las ideas no respetan fronteras, y porque el malestar que estas comunidades capturan —el agotamiento relacional, la búsqueda de orden, la sensación de que algo en el modelo igualitario no está funcionando— es un malestar real que también existe aquí.

Aunque no tengamos una respuesta clara, ignorar que hay quienes, con mucha habilidad retórica, están construyendo esa respuesta en este momento, con estadios llenos y millones de seguidores, no parece ser el camino a seguir.

Página12

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