Beck y los 30 años de “Odelay”, el disco que marcó a fuego a los ‘90

Pese a que la grabación llevó mucho tiempo y al músico hasta le aconsejaron no publicarlo, el álbum sigue sonando contagioso, apasionado y revolucionario.
Cultura & Espectáculos18/06/2026

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“El paso de Beck por la Argentina quedará como una bocanada de actualidad musical y corroboró una marca de época: la construcción de una nueva cultura rock sobre los escombros de sus viejos iconos […] La evolución del show derivó en su mirada ¿paródica? de la mejor música negra, en la que parecía ponerse el traje de un Prince aniñado, rubio y algo rebelde”. Así relató este diario el debut del músico estadounidense en los escenarios porteños, en enero de 2001, como parte de la grilla del festival Buenos Aires Hot Festival. Y vaya que no hubo equívoco alguno al compararlo con el músico de Mineápolis, porque si en algo coincidieron ambos, amén de su talento, fue en el desafío a los límites sonoros, en el sorteo a los encasillamientos estilísticos y en la reinvención artística.

Un lustro antes, hace exactamente 30 años, el californiano publicó no sólo el álbum que lo catapultó a la fama, sino también que ayudó a marcar a fuego a la década de los ’90: Odelay. La celebración coincide además con la aparición de su nuevo single, “Ride Lonesome”, cuyo enfoque acústico apela por esa influencia de la música country que atravesó a su obra, alejándose así de las producciones electrónicas de etapas recientes. Esto alimenta la fantasía (siempre latente) de que pueda volver a ver la luz esa estética sonora patentada hace 30 años, algo que sucedió cuando presentó el disco Morning Phase (2014). En aquel entonces, el cantante y compositor dijo al respecto: “Podríamos haber hecho un disco que sonara como Odelay, porque sé cómo se hace. Pero vivimos en un momento completamente diferente”.

Durante sesiones iniciales de Odelay, se creyó que iba a ser la continuación de Mellow Gold (1994), a raíz de la concepción de un puñado de canciones acústicas y melancólicas. Sin embargo, Beck Hansen descartó la mayor parte de ese material y comenzó de cero, con otra dirección sonora. Eso se debió, en buena medida, a su incipiente relación con los productores angelinos EZ Mike (Michael Simpson) y King Gizmo (John King), a los que le presentaron en su flamante sello, Geffen Records. Más conocido como The Dust Brothers, el dúo ganó reconocimiento por su talento para sacarle lustro a álbumes de hip hop del calibre de Paul’s Boutique (1989), del grupo Beastie Boys, y Loc-ed After Dark (1989), del rapero Tone Loc. Ellos aportaron el breakbeat y el arte del sample, rasgos innovadores en la obra del músico angelino.

El abanico de influencias incluía asimismo al funk, a Donovan y los demás cantautores británicos de folk de finales de los años ’60 y ’70, e incluso la música lounge, que estaba siendo redescubierta a mediados de los ’90. Toda esa combinación parecía extraña desde fuera, considerando las fuertes raíces de Beck en la música folk. De hecho, luego de su colección de fracasos en ese género, el músico triunfó en 1993 con el lanzamiento independiente de su hit “Loser”: fusión de hip hop y música country. Se trata de una suerte de antihimno - cualidad en la que reincidió en Odelay- en el que festejaba su propia ineptitud. Y para enfatizar ese carácter no tuvo mejor idea que crear un estribillo bilingüe, donde recurrió al español para proclamar con orgullo: “Soy un perdedor”, antecedido por un pegadizo riff de guitarra.

Este icono del rock alternativo, quien al momento de la publicación de su quinto disco tenía 24 años, volvió a valerse del español para titular a su obra maestra. Su madre, la artista visual y actriz Bibbe Hansen, tuvo segundas nupcias con el músico chicano Sean Carrillo, al que Beck le escuchó espetar la versión mexicana de la expresión “copado”: “órale”. Y la tomó para tributar a sus amigos mexicanos (más adelante, eligió “güero” para llamar al tema que da nombre a su disco de 2005, palabra con la que en México se denomina a la gente rubia). Pero por un error de impresión quedó “odelay”. No obstante, Stephen Malkmus, líder de la banda de indie rock Pavement, salió al cruce con otro relato que versa que el título ironiza sobre la cantidad de tiempo que llevó hacer este trabajo: “Oh, Delay” (Ah, el retraso).

Las sesiones de grabación de Odelay (se pronuncia “odelei”) arrancaron a fines de 1994 y concluyeron a principios de 1996. Las 13 canciones (casi 57 minutos de duración) que conforman ese repertorio surgieron de un proceso orgánico y liberador, cargado de aventuras sonoras. “Siempre nos habíamos visto obligados a samplear discos”, explicó Mike Simpson, de los Dust Brothers. “Beck conectaba su guitarra y empezaba a improvisar. Tocaba un compás y lo repetíamos en bucle. Pensábamos igual, teníamos los mismos objetivos y buscábamos hacer el mismo tipo de música”. A pesar de la convergencia de ideas poco convencionales e inspiraciones musicales, éste es un álbum congruente y consistente. Y lo mejor de todo es que sigue sonando contagioso, apasionado y revolucionario.

“Algo está mal porque mi mente se está desvaneciendo, y en todas partes que miro hay un callejón sin salida esperando”, canta Beck en “Devil’s Haircut”, mientras suena interpolada la guitarra de “I Can Only Give You Everything”, clásico de MC5. Pese a que se suele destacar el trasfondo psicodélico y minimalista de la historia, el mismo artista admitió, cuando fue invitado a la serie de dibujos animados Futurama, que no entiende lo que dicen sus canciones. Lo mismo pasó con “The New Pollution”. Si bien hay una teoría que destaca que el tema habla de la disfunción eréctil, el músico reconoció que muchas de esas letras nacieron de voces de referencia que se usaron en la grabación. “Nos encariñamos con ellas”, justificó. La táctica no es mala: su poesía rítmica informal deja en ridículo a la mayoría de los letristas.

Aún cuesta imaginar que uno de los grandes álbumes alternativos de los ’90, toda una oda al caos, la confusión y la cultura hecha de fragmentos disparatados, comenzara el día que Beck llamó suavemente a la puerta del estudio de grabación casero de The Dust Btothers con un montón de vinilos extraños bajo el brazo y varios instrumentos musicales de segunda mano. “Pensé que, en el mejor de los casos, saldría a la luz; y que dentro de 20 años un grupo de bichos raros lo encontraría, y diría: ‘Oh, este disco era genial’”, recuerda el propio autor. “Un famoso productor vino a mi casa, consiguió una copia anticipada, me llevó a dar una vuelta en coche y me dijo: ‘Tengo tu álbum. Si lo publicás, será un gran error. Tenés volver al estudio, y hacer un álbum de verdad, con canciones de verdad’”.

Página12

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