La ESI que hace falta
No porque la escuela tenga que reemplazar a la familia, sino porque hay realidades frente a las que los adultos no podemos elegir el silencio: el abuso, el embarazo en la adolescencia, el incremento de las enfermedades venéreas y chicos que muchas veces no saben cómo contar lo que les está pasando.
El problema entonces no es simplemente hablar de educación sexual, sino reflexionar qué hablamos y para qué.
La ESI tiene sentido cuando es una herramienta de cuidado. Cuando le da a un chico las palabras necesarias para reconocer que alguien está cruzando un límite con su cuerpo y pedir ayuda. Cuando acompaña a un adolescente a tomar decisiones responsables. Cuando ayuda a prevenir un embarazo no intencional. Cuando enseña a conocer el propio cuerpo y a consultar ante algo que no está bien.
Eso es educar para proteger.
Porque hay algo que tenemos que entender: el silencio no siempre protege la inocencia. Muchas veces protege al abusador.
Un chico que conoce los límites sobre su propio cuerpo y sabe a qué adulto recurrir está más protegido que un chico al que nunca le hablamos de estos temas.
Pero la educación sexual también tiene un orden: Empieza en la familia.
Los padres tienen el derecho y la responsabilidad de acompañar a sus hijos, transmitir sus valores y hablar de sexualidad de acuerdo con su edad y su madurez. La escuela no tiene que competir con ese lugar ni reemplazarlo. Tiene que acompañarlo.
Por eso una buena ESI no puede construirse de espaldas a las familias. Hay que explicar qué se enseña, escuchar y entender que no todas las comunidades son iguales y respetar esas diferencias.
Tampoco podemos creer que no hablar de estos temas evita que nuestros hijos se encuentren con ellos. Cuando los adultos dejamos un vacío, ese vacío lo ocupa el celular, las redes, la pornografía. O, mucho peor, puede ocuparlo alguien que no tenga ninguna intención de cuidar, por eso es mejor que estas conversaciones las tengan adultos responsables, en casa y en la escuela, antes de que las aborde cualquiera.
También tenemos que perder el miedo a hablar del cuerpo. Hay enfermedades que afectan especialmente a los jóvenes y en las que una consulta temprana puede hacer una enorme diferencia. Enseñar a conocer el propio cuerpo también es enseñar a cuidarlo.
por eso creo que estamos discutiendo mal cuando reducimos todo a estar a favor o en contra de la ESI. La pregunta importante es otra: ¿qué ESI queremos?
Una educación sexual convertida en una discusión ideológica entre adultos pierde de vista a quienes debería proteger.
Necesitamos una ESI que cuide. Que respete las edades y los procesos de maduración. Que trabaje junto con las familias. Que ayude a detectar abusos. Que prevenga embarazos no intencionales. Que enseñe a cuidar el propio cuerpo y a respetar el cuerpo del otro.
En Salta los docentes se forman y estos contenidos tienen un marco dentro del sistema educativo. Hay que sostenerlo, revisarlo cuando haga falta y hacerlo cada vez mejor.
Porque no alcanza con que exista un programa. Tiene que servir.
La familia tiene un lugar que nadie debe reemplazar. La escuela tiene una responsabilidad que tampoco puede abandonar.
Y entre una familia que no siempre sabe cómo hablar y un chico que muchas veces no sabe cómo pedir ayuda, la respuesta nunca puede ser el silencio.