La Novena del Milagro
El pequeño libro que se instala en las manos de los salteños durante esos nueve días fue compuesto por el sacerdote Francisco Javier Fernández en el siglo XVIII.
Es un éxito editorial que se reimprime cada año, que se atesora y se usa en las familias, que los salteños se llevan cuando residen fuera o cuando viajan, para poder rezar la Novena.
También se la puede encontrar en internet.
Con frecuencia ese texto, con el castellano de la época, es recitado en silencio. Gran parte de los salteños sabe de memoria las partes comunes que se repiten cada día. Otros saben de memoria incluso las partes variables.
En el Milagro todo es histórico y todo es viviente. Es un caso singular de lo que propiamente constituye una tradición.
Una tradición no es una reliquia muerta, no es algo que tuvo vida en otro tiempo y ya no la tiene más, no es una momia a la que cada año se le ajustan las vendas.
Una tradición es algo que viene del pasado y está vivo en el presente. Es algo que se recibe de las generaciones pasadas, en cada generación se lo vive como algo propio y se lo transmite a las nuevas generaciones.
En ese paso de las generaciones el núcleo se mantiene y se enriquece. Periódicamente las celebraciones se van cargando de nuevas instancias. Nada se suprime, lo nuevo se integra.
En los últimos tiempos se ha abierto camino una intensa llegada de peregrinos. Siempre ha habido la pueblada, la afluencia de los salteños de todos los rincones de la Provincia; lo nuevo es la organización y la creciente multitud por el aumento poblacional.
Siempre ha habido horarios propios para hombres y jóvenes. Lo nuevo son las jornadas especiales para niños, para jóvenes y enfermos.
Lo importante para un salteño en estos días es dejarse penetrar por el Milagro y hacerlo oración, comunión y servicio.