Opinión Julio Raúl Méndez 20/05/2026

La Semana de Mayo

Estamos en la denominada Semana de mayo, llamada así por los acontecimientos de 1810 que pusieron en marcha el proceso de definición institucional que nos separó de España.

Cuando miramos la historia nacional en sus grandes trazos advertimos que hay mojones que se consolidaron y fueron marcando una fisonomía. 

Fue largo y sangriento el recorrido que llegó a la independencia, un camino guiado por la idea de la libertad respecto a España y a toda otra potencia extranjera.

Luego pasamos por una etapa de incertidumbre e inestabilidad y de conflictos regionales. No sólo la tensión entre caudillos locales, sino también, y fuertemente, la tensión entre  las provincias y Buenos Aires. No lográbamos darnos una organización nacional porque no lográbamos unirnos en un solo interés común.

Tras varios ensayos se encauzó un rumbo en 1853 y tuvimos Constitución Nacional. Un texto ciertamente inspirado en otras constituciones, pero también con algún sello propio. La idea de libertad estaba contextualizada con la idea de sociedad.

Durante ochenta años se dotó el país de códigos, de estructuras, de sistema educativo, de rutas, telégrafo, teléfono, ferrocarril y luego aviones. 

Con pretensión de grandeza nos ubicamos entre los países que se destacaban en el mundo. Sobre todo era Buenos Aires, la gran capital del hemisferio sur. Un observador dijo que se armó un país con vocación de ciudad. 

La mitad del siglo pasado se marcó por el giro social a las mayorías y por un Estado que protagonizaba la inclusión y el desarrollo. Fue el tiempo de los derechos sociales, de la industrialización, de los planes energéticos y hasta de la tecnología nuclear. 

Después vino el horror de la violencia y la decadencia. Una decadencia signada por modelos aventurados e irrazonables, cada uno tras otro presentándose como una sucesión de refundadores de la República. 

El gran desafío actual es el saneamiento sin dejar afuera a gran parte de la población. No alcanzan las planillas Excel ni las pantallas. Se requiere que los planes y las decisiones incluyan a las personas de carne y hueso.

No es realista pensar que solas las fuerzas del mercado o que alguna potencia extranjera a la cual nos acoplemos vaya a ocuparse del bien común de los argentinos.

El desafío es que las modificaciones sean aquellas que sirvan al bien común porque tengan sentido de país y sentido humanista para todos los argentinos. 

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