¿Tiempos más sencillos o un presente que cansa? Las razones por las que todo el mundo habla del 2016
Entre memes, playlists, tendencias en redes y relecturas culturales, 2016 volvió a instalarse como un año “bisagra”. ¿Fue realmente un tiempo más simple o es el presente el que empuja a idealizarlo?
Hay una realidad inexorable en la experiencia humana: la posibilidad de mirar hacia atrás. Recordar, rememorar, reflexionar; volvernos introspectivos frente a un pasado que, a veces, parece haber sido mejor y, en otras, simplemente más predecible, menos atravesado por la incertidumbre constante del presente. En tiempos de redes sociales, una década entera está apenas a un scrolleo y un par de taps de distancia, y buena parte de eso explica el furor actual por 2016. Diez años después, ese año reaparece en plataformas digitales como un recuerdo compartido, una postal algo borrosa de un tiempo que hoy se percibe —quizás injustamente— más simple, más liviano, menos saturado. En enero de 2026, memes, posteos y consignas como “2026 es el nuevo 2016” se multiplican en Instagram y TikTok, impulsados por una nostalgia generacional que no idealiza tanto lo que fue, sino que pone en evidencia un malestar con el presente. Entonces… ¿De qué trata esta conversación sobre el 2016: eran tiempos más sencillos o vivimos un presente que nos agota?
La única verdad es la realidad: hoy millones de personas de entre 24 y 35 años atraviesan una forma difusa pero persistente de fatiga digital, alimentada por la hiperproducción algorítmica y la sensación de que todo —la política incluida— se volvió demasiado intenso, demasiado rápido. Volver mentalmente a 2016 funciona, para muchos, como un refugio simbólico: un momento en el que la hiperconectividad existía, sí, pero con otras reglas, otro ritmo y hasta “otro gustito”. Estar en internet parecía más lúdico, menos exigente, menos colonizado por la urgencia y la indignación permanente.
En aquel entonces, cada red tenía su lugar. Instagram todavía se movía entre filtros reconocibles, fotos cuadradas y la incipiente transición al formato 4:3; Snapchat dominaba el juego efímero con filtros de perritos, coronas de flores y unicornios que vomitaban arcoíris, con videos de apenas 15 segundos. Vine —la plataforma de clips cortos— seguía siendo un fenómeno cultural antes de cerrar en enero de 2017, y la idea de un algoritmo omnipresente que dictara qué ver, cuándo y cómo todavía no terminaba de imponerse.
El año también fue decisivo para la cultura pop global y local. Beyoncé lanzó Lemonade, uno de los discos más influyentes de la década; Taylor Swift sorprendió con su estética platinada en Coachella; y Drake, Justin Bieber, Ariana Grande, y las bandas de “cumbia pop” como Marama y Rombai dominaban rankings, radios y playlists. El boom de Pokémon Go y la posibilidad de “atrapar” pokémones en la vida pública. Todo parecía avanzar, pero sin la sensación de saturación constante que hoy caracteriza al ecosistema digital.
Pero el regreso a 2016 también tiene que ver con el contexto histórico. Para muchos usuarios, es la evocación de un mundo que parecía —al menos en retrospectiva— más simple que el actual. La pandemia de coronavirus aún no existía. Los dos mandatos de Donald Trump eran una posibilidad lejana, inimaginable. Las redes sociales todavía no estaban inundadas de desinformación generada por inteligencia artificial ni atravesadas por guerras culturales permanentes.
Pero en la Argentina, la incertidumbre ya estaba presente: fue el primer año de gobierno de Mauricio Macri, el regreso de la derecha tras doce años de kirchnerismo. Sin embargo aún parecía distante la idea de un préstamo con el FMI y de la cadena de crisis que vendrían después. El resto —como se sabe— fue cayendo de a poco a pesar de que se liberara el cepo en aquel año y comenzara el famoso “reperfilamiento” de tarifas que, palabras más o menos, fue el inicio del ajuste del ahora extinto PRO.
¿Nostalgia o síntoma? Por qué 2016 funciona como refugio emocional
Si el foco se pone en el mundo digital, muchos especialistas coinciden en una idea que se repite como mantra: 2016 fue “el último gran año de internet”. La pregunta es inevitable: ¿por qué? Nadie desconoce que las fake news, los haters, el bullying digital y los comentarios fuera de lugar existieron desde siempre. Internet nunca fue un territorio ingenuo. Sin embargo, hay algo en ese año que hoy funciona como refugio simbólico, un recuerdo colectivo que se idealiza —a veces en exceso— y que parece amortiguar, al menos en la memoria, el caos que vendría después.
En Instagram, por ejemplo, 2016 pertenecía a otra lógica. No existían los carruseles interminables ni los álbumes de veinte fotos cuidadosamente curadas. Una imagen de un plato de comida, un paisaje o una selfie con una frase motivacional no respondían a una estrategia de performance algorítmica, sino a un gesto más espontáneo, casi doméstico. Publicar no era todavía una carrera por la viralización inmediata ni una obligación constante de optimizar la visibilidad personal.
Tampoco existían los reels ni el consumo compulsivo de videos en formato corto que hoy alimenta el diabólico algoritmo. El tiempo en pantalla tenía otro pulso. En cambio, Snapchat dominaba el terreno de lo efímero con historias de 15 segundos y filtros lúdicos: perritos, coronas de flores, distorsiones absurdas que mezclaban diversión, casualidad, espontaneidad y un saludable toque de ridículo. Muy lejos del aesthetic pulido y competitivo que caracteriza a las redes de 2025 y 2026.
Instagram era, esencialmente, una red de fotos. No había que pensar en métricas de retención, en editar videos verticales ni en actualizar historias cada pocas horas para no desaparecer del radar. En ese sentido —y solo en ese— la vida digital parecía más sencilla, más relajada, menos colonizada por la lógica del rendimiento.
Si se hablan de datos, hubo un crecimiento abrupto del consumo de nostalgia digital, especialmente en TikTok, donde las búsquedas vinculadas a ese año aumentaron un 452% en apenas dos semanas, y los filtros retro ya superan los 55 millones de videos. El impacto también se trasladó a Spotify, donde las playlists temáticas del 2016 crecieron un 790%, impulsando el regreso de hits de artistas como Justin Bieber y Calvin Harris, que incrementaron su presencia en el Top 50 Global en más de un 150%.
Parece que tal vez por eso 2016 no se recuerda como un año perfecto, sino como el último momento en el que estar online no resultaba agotador.
“En 2016, no todo era para ser aesthetic”
Para Natalia Alfonso, magíster en Gestión de la Cultura y Cultural & Insights Manager en Be Influencers, la clave del regreso constante a 2016 está en un cambio profundo de lógica. “Hay algo de eso: no era todo para embellecer y ser aesthetic, era juguetón. Era una cuestión lúdica”, explica a Página/12. En ese momento, las redes todavía funcionaban como espacios de intercambio entre pares y no como vitrinas de métricas permanentes. “Eran efectivamente sociales —recuerda—. Incluso había un cartel que te decía ‘ya has visto todo’. No existía la idea de contenido infinito”.
Ese límite, ahora inexistente, marcaba una diferencia central. “Uno posteaba para los amigos, era relajación, comunidad”, señala Alfonso. El quiebre, según su lectura, llega con la masificación de TikTok a partir de 2020, la hiperproducción de contenido, la irrupción de la inteligencia artificial y un océano algorítmico que nunca se agota. “Hoy nunca terminás de ver todo. El algoritmo siempre te empuja más”, resume. Las redes dejaron de ser islas de sociabilidad cotidiana para convertirse en territorios altamente profesionalizados, primero funcionales a los usuarios, luego a las marcas y finalmente a las propias plataformas.
En ese desplazamiento aparece también la presión. “Antes era lúdico, hoy competís con el aesthetic”, advierte. Si bien los challenges siguen existiendo —y en 2016 fueron centrales, desde el Mannequin Challenge hasta dinámicas colectivas simples—, hoy están atravesados por una exigencia de producción constante. Paradójicamente, esa misma acumulación de contenidos convierte a las redes en un archivo viviente, una memoria digital permanente que habilita la nostalgia. “Es un archivo que nos permite mirar hacia atrás todo el tiempo. Las redes hoy producen mucha nostalgia, y 2016 aparece como el último año posible de ese internet”.
La música también ocupa un lugar clave en ese recuerdo. “Todavía no estaba la influencia de TikTok como ordenador cultural”, explica Alfonso. Había mayor variedad de estilos, escenas más diversas y menos homogeneización sonora. En definitiva, las canciones no duraban dos minutos. Y, sobre todo, era un mundo prepandemia, donde el encuentro físico seguía siendo central. “Estaba esta idea de verse en persona, de compartir en el mundo real”, señala. Tal vez por eso 2016 no vuelve como un año perfecto, sino como el último momento en el que lo digital no había colonizado todo. Un pasado que se recuerda por lo que todavía no había llegado.
2016: el último gran año del pop antes de que todo se volviera más áspero
Cada año, la cultura del espectáculo consagra reyes y reinas, estéticas dominantes y formas de estar en el mundo que se expresan sin decir una palabra. La moda, los gestos y los outfits funcionan como marcas de época: pasan los años, pero las imágenes quedan. En esa lógica, 2016 tuvo una reina indiscutible: Selena Gomez, que con apenas 23 y 24 años concentró como pocas veces el pulso del pop global.
Fue su año definitivo. Tras una relación turbulenta y ampliamente mediatizada con Justin Bieber —excesos, idas y vueltas, episodios incómodos y un desgaste público que parecía no tener fin—, Gomez dio un giro decisivo en su carrera. En octubre de 2015 había lanzado Revival, el disco que marcó su emancipación artística.
Pero el reinado de Selena en 2016 no se explicó solo por la música. También fue un fenómeno cultural y digital sin precedentes. El 25 de septiembre de ese año se convirtió en la primera persona del mundo en alcanzar los 100 millones de seguidores en Instagram. Lo notable: lo logró durante un período en el que estaba parcialmente ausente de la plataforma por motivos de salud, lo que reforzó aún más el aura que la rodeaba.
Ese mismo año, su imagen para la campaña “Share a Coke and a Song” de Coca-Cola se convirtió en la fotografía con más “likes” de la historia de Instagram hasta ese momento, superando los cuatro millones en pocas semanas. Al cierre de 2016, ocho de las diez publicaciones más populares de toda la red social le pertenecían.
Pero 2016 no solo fue un año de estrellas con influencia cultural. También fue un año brutal. Se perdieron demasiados íconos de la cultura pop, entre ellos Alan Rickman, Muhammad Ali, Leonard Cohen, Alan Thicke, George Michael y Carrie Fisher, por nombrar solo algunos. Sin embargo, las pérdidas que primero sacudieron al mundo entero fueron las de David Bowie y Prince.
La muerte de Bowie, el 10 de enero, desató un maremoto global de dolor y resignificó Lazarus, su último y contemplativo álbum —y obra teatral— como una despedida consciente. El ciclo de duelo volvió a activarse cuando Prince murió el 21 de abril, dando lugar a homenajes interminables.
Y no fue solo el arte el que quedó marcado. 2016 pareció traer más agitación que la mayoría de los años recientes. La política occidental se vio sacudida hasta sus cimientos por el Brexit y la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. En junio, el boliche gay Pulse de Orlando fue escenario del tiroteo masivo más letal de la historia moderna del país —49 personas murieron y 53 resultaron heridas—, un golpe directo al corazón de la comunidad LGBTIQ+. Al mismo tiempo, la crisis global de refugiados continuaba profundizándose mientras Alepo ardía, convirtiéndose en símbolo del colapso humanitario. En retrospectiva, 2016 no fue un año ingenuo ni liviano: fue el último momento antes de que el mundo pareciera romperse del todo.
La nostalgia como refugio emocional: idealización, ansiedad y la tentación de no decidir
Para Patricio Furman, licenciado en Psicología por la Universidad de Buenos Aires, el regreso constante a 2016 no puede leerse solo como una moda cultural, sino como un mecanismo emocional profundo. “La nostalgia es una añoranza de un pasado idealizado”, indicó. No se trata de recordar un tiempo “en seco”, sino de extrañar algo específico: incluso momentos que, en su momento, fueron tristes. “Como una película que es triste, pero igual te gusta volver a verla”, grafica. Esa es la clave: la nostalgia no borra necesariamente lo malo, sino que lo tiñe de un tono agridulce que lo vuelve tolerable, incluso deseable.
En ese sentido, Furman distingue nostalgia de idealización simplista. “La idealización no consiste solo en recortar lo malo; es más profunda”, señala. No es tanto querer volver, sino mirar desde hoy un pasado cerrado, donde ya no hay decisiones que tomar. Y ahí aparece uno de sus principales atractivos: la nostalgia suspende la acción. “Es un escenario que ya se jugó —dice—. No hay que decidir nada, no hay riesgo, no hay involucramiento”. En un presente cargado de incertidumbre, esa quietud resulta seductora.
El problema, advierte, es que esa comparación permanente genera ansiedad. “Todas las comparaciones llevan a eso: me comparo con algo distinto”, explica. El pasado se convierte en un “otro escenario” contra el cual medir el presente. Algo similar ocurre en la vida digital: “¿Qué significa estar todo el tiempo con el celular? Que lo interesante siempre parece estar en otra parte”. El pasado funciona igual: lo que fue aparece como más deseable que lo que está siendo, aun cuando no lo haya sido realmente.
Furman también vincula este fenómeno con la profesionalización extrema de las redes. “Todo tiende a ser menos amateur”, señala. En 2016 todavía existía la sensación —real o no— de que alguien subía algo sin pensar demasiado en la estética o en la mirada del otro. Hoy, en cambio, todo parece calculado, optimizado y evaluado. Esa diferencia alimenta la añoranza, aunque esté atravesada por una ilusión retrospectiva.
“Pensar en el pasado puede ser una manera de no confrontar lo incierto de ahora”, dice. Volver mentalmente a 2016 tiene el beneficio de no exponerse, de no jugar el partido actual. “Es más fácil contar una película ya hecha que involucrarse en algo que todavía se está escribiendo”, completa. En un mundo donde todo queda registrado y archivado, ponerle fecha al recuerdo también le da un valor especial. Tal vez por eso el pasado se vuelve tan atractivo cuando el presente exige demasiado.
En esta línea, talvez el furor por 2016 no tenga tanto que ver con un tiempo objetivamente mejor, sino con un presente que cansa, exige y no da tregua. Mirar hacia ese año funciona menos como una idealización ingenua y más como un gesto defensivo: una forma de tomar aire frente a la saturación, la incertidumbre y la sensación de que todo ocurre al mismo tiempo y sin pausa.
Quizá 2016 no fue más simple —fue duro, violento y lleno de quiebres—, pero todavía permitía la ilusión de que el mundo era habitable sin estar en alerta permanente. Diez años después, ese recuerdo vuelve no para quedarse, sino para recordar algo más urgente: que la nostalgia dice menos del pasado y mucho más del agotamiento del presente.
Página12
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