La visita del Papa
Sabemos que llegará a Buenos Aires desde Uruguay, que estará en esa ciudad Capital, luego en Córdoba y, finalmente, regresará a Buenos Aires para ir al Santuario Nacional de Luján.
Todavía no hay confirmación detallada de los actos y horarios de los mismos. Sobre la base de pedidos del mismo Papa y de propuestas de los obispos argentinos, la decisión definitiva del programa se tomará, Dios mediante, en Roma durante la próxima quincena.
Ciertamente, este Papa no ha querido demorar más la visita a la Argentina y, por ello, la ha incluido en una agenda que no puede estirarse mucho, pues incluye Uruguay y Perú. Quedará para otra ocasión una presencia más extensa en el tiempo y con la posibilidad de recorridos internos más amplios.
Como fue la segunda venida del papa Juan Pablo II en 1987. Después de la de 1982, que había sido fuera de programa previo y producto de su afecto paternal a este pueblo, que estaba siendo desangrado en una guerra desigual.
Ahora bien, en la expectativa y la preparación para tan augusta visita cabe tener claro quién viene y a qué viene.
Viene el sucesor del apóstol Pedro, el que es la cabeza visible de la Iglesia Católica.
¿A qué viene? A cumplir su misión, que es la de confirmar en la fe, la de anunciar con claridad el mensaje evangélico.
¿Quién es el destinatario de ese anuncio? No sólo los fieles católicos, también todos los que tengan voluntad de escucharlo.
El Papa no viene ni a apoyar ni a oponerse a ningún plan político o económico. Sería una pérdida de esta especial oportunidad si se quisiera enmarcarla en esa perspectiva.
Es muy grande el honor de recibirlo en nuestra patria. Como sacerdote agustino, cuando no era obispo, el padre Prevost vino un par de veces. En ambas ocasiones estuvo en nuestra Provincia, en especial en los Valles Calchaquíes. No le resultamos desconocidos.
Para sacar fruto de esta singular ocasión es pertinente limpiar nuestras expectativas sobre el visitante y sobre su misión en el sentido que hemos dicho.