La cara oculta de la carrera espacial: las políticas de rearme con tecnología de doble uso
La misión Artemis II se encuentra ya en sus últimas horas. Tras recorrer por primera vez este siglo la órbita lunar con tripulación humana, la nave tiene previsto amerizar este viernes por la noche frente a la costa de San Diego, en el océano Pacífico. La resurrección de la carrera espacial ha mantenido a la población en vilo, como ya lo hizo durante la segunda mitad del siglo XX. Estos programas desarrollan nueva tecnología que luego repercute en avances sociales y en una mejora en la calidad de vida de las personas, como la implantación del GPS. Pero del mismo modo que la Luna, todos estos proyectos tienen un lado oculto. El conocimiento tecnológico creado en el seno de la industria espacial tiene un segundo uso: la industria armamentística.
Desde su creación, la agencia espacial estadounidense ha reclutado a 370 candidatos a astronautas, de los cuales 212 –más del 57%– son militares. Con este dato en mente, “los sistemas espaciales son la tecnología de doble uso por excelencia”, explica Bogdan Stojanović, investigador senior del Instituto de Política y Economía Internacional en la Universidad de Belgrado. También colabora en el think tank Diplo, que investiga tecnología y diplomacia. “Hoy en día resulta cada vez más difícil imaginar que las principales potencias militares del mundo puedan librar una guerra sin los sistemas espaciales que proporcionan cartografía, navegación, localización de objetivos y comunicaciones en todos los niveles de mando". Bajo esta premisa, “la nueva carrera espacial no se entiende como algo separado del rearme, sino como parte del mismo ecosistema tecnológico, industrial y simbólico”, analiza Itxaso Domínguez, académica de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y columnista de este diario.
Existen matices. “El sector espacial es diverso y no todo lo que hay en el espacio es militar”, recuerda Jorge Hernández Bernal, astrofísico en la Universidad de la Sorbona. “Hay muchos satélites civiles que proveen cosas importantes para fines civiles”, como la monitorización para comprender mejor el planeta, la predicción meteorológica ola gestión de desastres naturales, ejemplifica. No obstante, el científico reconoce que “hay algunas tecnologías transversales a todo el sector espacial que tienenimplicaciones militares críticas“. El doble uso de algunos mecanismos muestra así el alcance bélico de la carrera espacial, que se revela especialmente conflictiva en el actual contexto geopolítico.
Misiles, geolocalización y comunicación por satélite
“Un cohete y un misil son en muchos sentidos lo mismo”, remarca Hernández Bernal. El astrofísico recuerda que los primeros misiles de largo alcance fueron desarrollados por la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. El Ministerio de Propaganda bautizó tecnologías de esta clase como Wunderwaffen, traducible como “armas maravillosas”. Algunos de los científicos involucrados fueron posteriormente extraditados a EEUU en el marco de la llamada Operación Paperclip. Entre ellos se encontraban figuras como los ingenieros Wernher von Braun y Arthur Rudolph, que llegaron a trabajar en el diseño de cohetes de la NASA como parte del programa Apolo.
Pero la cohetería no es el único ámbito en el que se entrelazan la guerra y la carrera espacial. Por ejemplo, la geolocalización “es posible gracias a pequeñas constelaciones de satélites”, describe Hernández Bernal. Uno de sus usos consiste en "el guiado de los misiles, y más recientemente de los drones, para atacar una ubicación precisa después de recorrer miles de kilómetros". Además, también sirve “para coordinar operaciones militares, facilitar el transporte, y para la vigilancia“. Sin embargo, no todo es necesariamente malo. Tanto el astrofísico y como Stojanović apuntan que de estas labores también salió el Global Positioning System, más conocido por sus siglas: GPS. Su uso más habitual “está integrado en prácticamente todos los teléfonos inteligentes del planeta”, destaca el investigador de Diplo. Y explica cómo sirve para que la ciudadanía pueda ubicarse, para los usos agrícolas del suelo o para coordinar el tráfico con mayor fluidez en las calles más concurridas.
“La observación de la Tierra es otra tecnología de doble uso”, menciona el astrofísico. Al igual que el GPS, tiene utilidades positivas como el monitoreo de catástrofes –entre ellas, los incendios forestales–. La herramienta FIRMS de la NASA o el sistema EFFIS de la Unión Europea tienen precisamente este cometido. Pero del mismo modo, esta tecnología también sirve “para monitorear bases u operaciones militares del adversario“. Sobre esta cuestión el experto en diplomacia incide en que “los comandantes sobre el terreno utilizan la información cartográfica para reunir a sus fuerzas y coordinar ataques con todas las armas". A esto se suma la "comunicación a través de satélites“, añade Hernández Bernal. Esta sirve “para controlar los misiles y los drones”.
De la Guerra Fría a la escalada bélica actual
Esta vinculación entre misiones espaciales y rearme cobra un significado particular a la luz de la escalada bélica en Oriente Próximo por parte de EEUU e Israel. Esta coincidencia temporal con la guerra también tuvo lugar durante el programa Apolo. “Su apogeo no fue más que el comienzo del empantanamiento de las tropas estadounidenses en la guerra de Vietnam“, declara Bogdan Stojanović. “El ejército estadounidense parecía estar fracasando en su intento de someter al enemigo en Vietnam y la respuesta fue el Programa Apolo". En este sentido, Itxaso Domínguez expresa que durante la Guerra Fría “el espacio ayudó a construir prestigio, superioridad tecnológica y cohesión interna”.
Esto se debe a que la carrera espacial también tiene “una dimensión más discursiva”, argumenta la experta en relaciones internacionales. "La carrera espacial funciona muy bien para legitimar gasto público, reforzar narrativas de competencia entre potencias y presentar la militarización como innovación o progreso“. En esta línea, el investigador de Diplo considera que “la infraestructura espacial revitalizada, que en su día se promocionó por su potencial para el desarrollo comercial y científico, se ha convertido, por el contrario, en la columna vertebral de la guerra moderna". Identifica así una difuminación de las líneas que separan los usos civiles y militares de la investigación espacial.
Esto “permite a los Estados desarrollar tecnologías de doble uso” e instrumentalizar la premisa de la “innovación” o el “prestigio nacional” para evitar “el coste político que, de otro modo, acarrearía una militarización abierta. Se relega a un segundo plano el debate crítico sobre la escalada de conflictos y convierte el rearme en una parte invisible pero inevitable del progreso tecnológico“. Domínguez abunda que “desde la geopolítica crítica también interesa cómo esto reconfigura jerarquías globales. Quién tiene acceso al espacio, quién controla órbitas, datos y constelaciones, quién depende de infraestructuras ajenas. Todo eso reproduce desigualdades y nuevas formas de poder“.
"No debemos cegarnos por los logros de determinados estados, mientras ignoramos lo que esos mismos estados están haciendo“, valora Jorge Hernández. “Al menos cabe imaginarnos un horizonte de estados auténticamente democráticos, en el marco de una gobernanza global de respeto mutuo y multilateralismo, en el que disfrutemos de paz y bienestar común y decidamos que explorar el espacio una de las cosas bonitas que hacer con los recursos que nos sobren”, concluye.
Página12