El juez que había frenado la reforma laboral ahora dio marcha atrás con un punto clave
Raúl Horacio Ojeda, el mismo juez laboral que el 30 de marzo había dejado en suspenso una parte sustancial de la Ley de Modernización Laboral a pedido de la CGT, ahora decidió retroceder, al menos en un punto sensible: revocó la cautelar que frenaba la aplicación del artículo 55 de la ley 27.802.
Ese artículo regula cómo deben actualizarse los créditos laborales en los juicios en trámite y pendientes de sentencia definitiva.
El artículo 55, junto con el artículo 54, forma parte del nuevo esquema legal de actualización e intereses de los créditos laborales. La ley dispuso que los créditos provenientes de relaciones individuales de trabajo se actualicen por IPC más una tasa del 3% anual. Ese cambio fue uno de los puntos que habían quedado alcanzados por la cautelar original.
¿Qué pasó ahora? El propio juez lo explicó en una resolución breve, pero muy reveladora. Dijo que las medidas cautelares son siempre provisorias y que pueden ser ampliadas, modificadas o revocadas cuando aparecen nuevos elementos de juicio. Sobre esa base, sostuvo que un “nuevo análisis” lo llevó a dejar sin efecto la suspensión cautelar del artículo 55 y a diferir el examen de fondo para la sentencia definitiva. Hasta ahí, la explicación formal. Pero lo más interesante está en la razón concreta del cambio. El magistrado afirmó que, a partir de un “estudio de campo” realizado en la Red Académica de Jueces del Trabajo de la República Argentina, advirtió que la cautelar que había dictado podía perjudicar justamente a los trabajadores que decía proteger. ¿Por qué? Porque en varias jurisdicciones del país los sistemas de actualización o las doctrinas judiciales vigentes resultarían menos favorables que el régimen previsto en el artículo 55 de la nueva ley. Mencionó, entre otras, a la provincia de Buenos Aires, Chubut, Chaco, San Luis, Córdoba en ciertos procesos, Jujuy, La Pampa, Neuquén, Río Negro, Mendoza y Tucumán en juicios más antiguos.
Ahí está el núcleo del asunto. El juez que primero había considerado necesario frenar de manera amplia el nuevo régimen, ahora admite que, al menos en este punto, esa suspensión general podía jugar en contra de los propios trabajadores. En otras palabras: la cautelar no era uniformemente protectoria. Y cuando una medida judicial de alcance federal pretende preservar derechos pero en la práctica puede reducirlos en parte del país, la decisión empieza a mostrar una fragilidad difícil de negar. La resolución deja, además, una segunda señal importante. El juez aclara que, a partir de ahora, “cada jurisdicción juzgará la pertinencia de la aplicación de los artículos 54 y 55 de la ley 27.802 a los juicios en trámite”. Es decir, desarma la lógica uniforme que había intentado imponer con la cautelar inicial y devuelve la discusión a los tribunales de cada lugar. Lo que antes había sido presentado como una suspensión de alcance general, ahora queda relativizado por la propia necesidad de admitir que la realidad judicial argentina no es homogénea.
Desde el punto de vista institucional, el episodio es llamativo. Porque no se trata simplemente de que un juez revise una cautelar —algo perfectamente posible y, a veces, necesario—, sino de que la revisión deja expuesta una falla del diseño original. Si a los pocos días de dictar una medida de enorme impacto nacional el propio magistrado concluye que uno de los artículos suspendidos podía beneficiar a trabajadores de varias provincias, entonces la primera resolución aparece, cuanto menos, apresurada en su alcance. La provisionalidad de las cautelares existe precisamente para corregir errores, pero cuando la corrección llega tan rápido y sobre un tema tan central, el mensaje que queda no es de fortaleza argumental sino de inestabilidad. También hay una paradoja jurídica y política difícil de pasar por alto. La cautelar había sido celebrada por sectores sindicales y criticada por el mundo empresario por el freno a 83 artículos de la reforma. La UIA, por ejemplo, advirtió que suspender una ley aprobada por el Congreso debilitaba la seguridad jurídica y afectaba el clima de negocios. Ahora, con esta marcha atrás parcial, se agrega otro dato: ni siquiera dentro del propio esquema cautelar parecía claro que todos los artículos suspendidos merecieran el mismo tratamiento.
Dicho de manera simple: el juez quiso congelar una porción importante de la reforma para evitar daños, pero en el camino advirtió que al menos una de esas suspensiones también podía producirlos. Y eso cambia bastante la lectura del caso. Porque ya no se discute sólo si la reforma laboral es constitucional o no. También se discute si era razonable frenarla de manera tan amplia, tan rápida y con efectos para todo el país, sin un análisis más fino de cada norma y de sus consecuencias reales.
En el plano técnico, el retroceso se concentra en el artículo 55, pero en el plano conceptual el impacto es mayor. Lo que la nueva resolución muestra es que las cautelares estructurales, cuando se dictan sobre paquetes legislativos grandes y complejos, corren un riesgo serio: simplificar demasiado. Y en materia laboral, donde conviven realidades jurisdiccionales distintas, doctrinas locales diversas y sistemas de actualización con resultados muy dispares, esa simplificación puede terminar generando exactamente lo contrario de lo que se buscaba evitar. El mismo juzgado que había presentado la cautelar como una herramienta de resguardo general tuvo que reconocer, pocos días después, que en uno de los puntos más sensibles el remedio podía ser peor que la enfermedad. Y cuando eso sucede, la discusión deja de ser sólo ideológica o política. Pasa a ser, sobre todo, una discusión sobre calidad judicial, prudencia cautelar y responsabilidad institucional.
Infobae