Opinión17/08/2026

Revisión

La Argentina recuerda hoy a la figura mayor de la galería de próceres nacionales. Su legado sigue teniendo vigencia, especialmente en el punto de enfrentar contradicciones internas del país. José de San Martín no quiso ser hombre de partido y en un día como hoy de 1850 murió lejos de la patria que construyó.

En su persona se concentran los rasgos más claros de una identidad nacional que erige figuras que condicionan un tramo de su historia, luego las coloca bajo el oscuro manto de las acusaciones y deja que el tiempo ponga las cosas en su lugar. Tal como afirma Alejandro Morea, investigador del CONICET, San Martín pasó de ser el libertador a ser tildado de conspirador por un sector de la dirigencia política de su tiempo, para luego ser considerado “el padre de la patria”.

Esta nación se levantó sobre la puja de facciones que, desde su raíz, fue insinuando lo que aún hoy es el elemento condicionante que impide la instalación de un proyecto nacional sin asimetrías. Una región central defiende lo que desde su origen fueron privilegios y el interior avanza a fuerza de embates y sumisiones. Ese ya era el escenario sobre el que actuó San Martín en los tiempos de la liberación del continente; no solo confrontó con los enemigos externos sino contra la ambición de sectores de poder internos.

La memoria colectiva armó su estampa sobre sus victorias militares pero no fue menor el triunfo sobre las miserias que la política desplegó sobre los objetivos que le daban cuerpo a sus planes. Él soñaba con la Patria Grande, a la que no pocos se siguen referenciando, convencido que allí estaba la fuerza del proceso liberador. Tres naciones así lo reconocen pero de la suya se fue casi expulsado por el vacío político del poder centralista, que es el signo de esta república federal, según la letra de la Constitución que la rige.

Luego de la hazaña independentista tomó distancia poniéndose por encima de esas maniobras, pero volvió para contribuir al fortalecimiento institucional de una nación en ciernes. No llegó a concretar ese objetivo y su disposición quedó plasmada en cartas que dirigió a quienes ideológicamente lo comprendían mejor.

Para las actuales generaciones quedó la exhortación a realizar un esfuerzo de patriotismo, deponiendo resentimientos particulares. “Concluyamos nuestra obra con honor -señaló en una de sus misivas- Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas”. De esa manera, rechazó las insinuaciones de los que querían volcarlo hacia cada una de las facciones en pugna, que no desechaban la posibilidad de un enfrentamiento armado para resolver sus conflictos.

Esa parte de la historia sirve para entender que por encima de intereses sectoriales se debe imponer un proyecto nacional, que contenga las diferentes visiones y permita construir consensos en pos del bien común. Falta el proyecto y tampoco hay manifestaciones de una voluntad política conciliadora de pensamientos divergentes.

La dificultad para armar una agenda de temas al servicio de gobiernos y sociedad es una señal de alerta sobre los caminos que se están transitando. Adelantar tiempos electorales no contribuye a la necesaria revisión de carencias y defecciones.

Salta, 17 de agosto de 2026

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