Ordenamiento

Opinion 04 de junio de 2019
Solo el derrumbe del sistema tradicional de partidos políticos explica cómo se vive este tramo previo al cierre de la inscripción de sectores participantes de los próximos comicios. Desde la recuperación de la democracia, el armado de alianzas, una legítima acción tendiente a fortalecer para determinadas líneas de pensamientos, fue rotando hasta esfumar los contornos de las instituciones que las integran. A partir de allí, pareciera que todos los partidos, con escasas excepciones, se adaptan a cualquier armado.
urtubey massa

La flexibilización es extrema. Los adversarios de anteriores elecciones son los compañeros de listas en los actuales comicios. Basta repasar la historia reciente de la política salteña, como la construcción de la estructura que encaramó en el poder provincial a su actual gobernador Juan Manuel Urtubey.

De origen justicialista, su ubicación expresaba la contradicción interna que siempre caracterizó al peronismo. Su origen social lo incluye en el más rancio conservadurismo pero su formación la adjudica a un tío de indudable pensamiento progresista. Sus primeros pasos relevantes los dio como funcionario designado del gobierno de Juan Carlos Romero, un burgués formado para ejercer el poder a secas. Convencido que era su heredero natural, su postergación llevó a Urtubey a tomar la gobernación por otras estructuras.

En 2007, Néstor Kirchner ya había atravesado la estructura de los partidos con la idea de la transversalidad que justificaba –y lo sigue haciendo- el amontonamiento. No fue un proceso espontáneo sino el resultado de un cúmulo de reformas electorales. En los comicios de ese año, entregó la candidatura presidencial de su mujer –Cristina Fernandez- al Frejuvi y a Convergencia Salteña, la alianza que por un punto permitió que Urtubey y Andrés Zottos se quedaran con el Ejecutivo. La candidata presidencial, en cambio, embolsó más del 75% de los sufragios.

La Convergencia de Urtubey unió al Partido de la Victoria, un partido kirchnerista y el Renovador de Salta, que en ese movimiento perdió parte de su estructura, que se fue resistiendo a esa alianza y creó Propuesta Salteña. De ambas, ahora sólo quedan restos que no explican cómo llegaron en 1991 a la gobernación.

En 12 años, Urtubey renegó de su adhesión al kirchnerismo al punto que hoy, la misma Cristina a la que aportó sus votos en dos oportunidades, es su límite. Ello llevó a que pierda a uno de sus socios más potentes: el Frente para la Victoria, mientras el partido que preside siguió desintegrándose en pequeñas porciones que usó para controlar el reparto del poder político en el territorio provincial. En ese lapso se acercó y alejó en infinitas oportunidades de Romero y de referentes peronistas, que se fueron y volvieron al mismo ritmo, como Javier David.

A meses de cerrar su ciclo de conductor político salteño, encara una carrera presidencial con una identificación política difusa detrás de una pretensión de reivindicación federalista. Pero también enfrenta el riesgo de la derrota en su propio distrito que –de todas maneras- no aportará a su triunfo nacional; hasta podría impedir que pueda incidir en su reemplazo.

El panorama político que lo rodea no es más coherente. Hasta el centenario radicalismo participó de alianzas poco fundadas doctrinariamente. El proceso comicial en marcha seguramente establecerá un nuevo ordenamiento de fuerzas políticas.

Salta, 04 de junio de 2019

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