Simulación

Opinion 27 de febrero de 2018
Sócrates consideraba a la honestidad intelectual como una virtud social. Este concepto representa un culto a la verdad y el desprecio por la falsedad y el autoengaño. Se trata de un esfuerzo por evitar la mentira.
aborto

La honestidad intelectual requiere coherencia y solidez de principios por parte de quien hace uso de la palabra pública. Principalmente es el caso del político, quien debiera estar obligado a someterse  a reglas que impongan la defensa de la verdad y el rechazo al error cualquiera sea quien lo cometa, especialmente si  el error es propio.

Sin embargo, existe la convicción que la hipocresía es un rasgo prominente del discurso político y de las prácticas de doble estándar. Ese discurso no trata de engañar respecto de cuestiones objetivas sino de las intenciones de lo que se hace.

Por estas horas hay un tema que concentra la atención pública y bien vale observar si hay en su tratamiento un ejercicio de esta virtud social. Se trata de la irrupción del debate sobre la despenalización del aborto. No es novedoso y desde hace décadas viene tratándose en distintos estamentos y desde distintos aspectos. En el agitado panorama político y frente a una incipiente movilización social en rechazo a medidas oficiales de carácter económico y social, no puede menos que considerarse inesperado que se lo promueva dede la cúspide del poder político, remiso a incursionar en temas de esa naturaleza.

Se entiende la legítima actitud de organizaciones sociales y sectores políticos que tienen a la despenalización como una bandera dentro de una tríada que incluye la demanda de educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir. Frente a la convocatoria al debate, se ubican en la primera línea no solo para hacerse escuchar sino para avanzar en las leyes correspondientes. No se quedan en el análisis si se trata de una propuesta montada en la honestidad intelectual.

Son los restantes discursos los que generan inquietud sobre las intenciones. Están aquellos que quieren volver a foja cero todo lo dicho y concluido, como es la legislación que torna obligatoria la educación sexual. Aprovechan los incumplimientos para pretender debatir sobre la hojarasca y no sobre la médula de la cuestión.

No faltan los que se escudan en la necesidad de trabajos previos –como cambiar la realidad, según el diputado oficialista Miguel Nanni- o los que lamentan que se habilite inoportunamente el debate, porque la Argentina está en un momento difícil, como apreciara el legislador peronista Javier David.

Si el debate no es legislativo, sobre un proyecto concreto –que existe desde hace décadas- todo es inconducente. Será más de lo mismo, con los simuladores parapetados detrás de principios para justificar su negativa a quitarle al tema su carácter de asignatura pendiente.

Salta, 27 de febrero de 2018

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