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canonical_url: "https://ariesonline.com.ar/contenido/212082/su-santidad-no-deberia-bromear-asi-conmigo-cuando-la-muerte-no-rinde-pleitesia"
title: "\"Su Santidad, no debería bromear así conmigo\" Cuando la muerte no rinde pleitesía"
article_type: "Article"
description: "Era el 29 de setiembre de 1978, y en medio de uno de los episodios más enigmáticos de la historia contemporánea de la Iglesia, la frase de la religiosa que encontró el cuerpo inerte de Juan Pablo I irrumpe con la contundencia de lo cotidiano. Es una expresión doméstica, casi familiar, de alguien que todavía no comprende que se encuentra frente al límite infranqueable de la existencia."
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date_published: "2026-09-28T12:45:00-03:00"
date_modified: "2026-09-28T12:08:06-03:00"
author_name: "Ernesto Bisceglia"
category_name: "Opinión"
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category_description: "Editorial de Aries y Opinión de figuras reconocidas en Salta"
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# "Su Santidad, no debería bromear así conmigo" Cuando la muerte no rinde pleitesía

![Frases políticos (21)](/download/multimedia.normal.a3191f76a65f42ca.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

La paradoja es tan bella como desgarradora: la monja supone que el Pontífice bromea, pero quien ha dejado de responder no es el hombre, sino el mundo de los vivos.

Más allá de la figura del "Papa de la sonrisa", de su brevedad histórica o del hermetismo de los palacios vaticanos, el episodio encierra una verdad de escala universal, “Urbi et Orbi”, propiamente. Juan Pablo I -que parecía incómodo con la solemnidad de su cargo y pretendía hablar con sencillez- terminó encarnando la fragilidad de los hombres que encarnan instituciones destinadas a durar siglos. La muerte, en su implacable equidad, no negocia ni con el desposeído ni con el poderoso; ignora las mitras, la púrpura y las coronas.

Resulta revelador observar la abismal distancia entre el boato del poder y la desnudez del ser humano. Un hombre puede ocupar la cúspide de una estructura bimilenaria, ser aclamado por millones y reverenciado bajo el título de Santidad, para acabar muriendo en la más estricta soledad de una habitación. Para quien lo halla al amanecer, no es una institución lo que yace en la cama: es simplemente alguien a quien había que despertar, cuidar o acompañar.

Su partida nos deja una advertencia ética que trasciende lo religioso. ¿Qué clase de civilización hemos construido cuando veneramos con devoción los cargos, los títulos y las investiduras, pero descuidamos con indiferencia a la persona que habita debajo?

Cuando la muerte irrumpe, los símbolos de autoridad se revelan como lo que son: artificios pasajeros. Lo único que permanece, en su trágica y hermosa dimensión, es la condición humana.

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