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title: "La sociedad que perdió el silencio"
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date_published: "2026-09-21T15:51:00-03:00"
date_modified: "2026-09-21T16:35:16-03:00"
author_name: "Ernesto Bisceglia"
category_name: "Opinión"
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category_description: "Editorial de Aries y Opinión de figuras reconocidas en Salta"
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# La sociedad que perdió el silencio

![WhatsApp Image 2026-09-21 at 16.24.47](/download/multimedia.normal.8931fa8fb7be3574.bm9ybWFsLndlYnA%3D.webp)

Hay algo que hemos perdido y casi nadie parece advertirlo: el silencio.

No me refiero solamente a la ausencia de ruido. Hablo de algo mucho más profundo: esa capacidad humana de quedarse a solas con uno mismo, sin una pantalla, sin una notificación, sin una opinión ajena diciéndonos qué pensar.

Vivimos conectados a todo y, paradójicamente, cada vez más desconectados de nosotros mismos.

Nos despertamos y antes de saber siquiera qué pensamos nosotros, ya sabemos qué está pasando en el mundo. Miramos el teléfono, abrimos WhatsApp, las redes, las noticias. Alguien está indignado, otro está ofendido, otro descubrió una catástrofe, otro tiene una verdad absoluta para ofrecernos antes del desayuno.

Y nosotros consumimos.

Consumimos información, imágenes, opiniones, miedo, entretenimiento. Todo a una velocidad para la cual probablemente nuestra conciencia no fue diseñada. Porque ocurre que el problema es que la información no es conocimiento. Y el conocimiento tampoco es sabiduría.

Podemos saber qué ocurrió en Washington, en Moscú, en Jerusalén o en Buenos Aires en cuestión de segundos y, sin embargo, no saber qué hacer con nuestra propia vida cuando apagamos el teléfono.

La tecnología nos ha dado una cantidad extraordinaria de información, pero también ha convertido nuestra atención en una mercancía.

Cada notificación reclama una pequeña parte de nosotros. Cada pantalla nos dice: “Mírame”. Cada algoritmo parece preguntarnos: “¿Qué quieres sentir ahora?”. Y mientras tanto, nosotros dejamos de hacernos una pregunta mucho más importante:

¿Qué estoy pensando yo?

Tal vez por eso el silencio se haya convertido en una especie de acto de resistencia. Deberíamos probar si somos capaces de transcurrir diez minutos sin teléfono. Realizar en las mañanas una caminata sin auriculares. Tomar un café sin mirar una pantalla pero admirando la naturaleza que tenemos delante.

Parece poca cosa, pero no lo es. Porque cuando desaparece el ruido comienza a aparecer algo incómodo: nosotros mismos. Y allí comienza también la posibilidad de pensar.

Quizá por eso todas las grandes tradiciones espirituales de la humanidad conocieron el valor del silencio. No necesariamente porque Dios hable más fuerte cuando uno se calla, sino porque cuando el hombre deja de hablar consigo mismo todo el tiempo, puede empezar a escuchar.

Y aquí aparece una pregunta todavía más profunda.

Si Dios no fuera un ser sentado en algún lugar del universo, sino como han pensado algunos filósofos y místicos, una realidad de amor, sabiduría y conciencia que atraviesa toda existencia, quizá el problema no sea que Dios se haya alejado del hombre sino que tal vez somos nosotros quienes hemos llenado de ruido el lugar donde podríamos encontrarlo.

Dicen que Dios es una frecuencia y todavía no sabemos si la conciencia puede trascender los límites que le impone el cerebro o si acaso tenemos palabras suficientes para explicar aquello que llamamos trascendencia.

Pero sí creo saber algo: que una sociedad que ya no puede guardar silencio corre el riesgo de perder también la capacidad de pensar. Y cuando una sociedad deja de pensar, otros comienzan a pensar por ella.

Por eso, tal vez recuperar el silencio no sea escapar del mundo sino que resulte, precisamente, la manera de volver a estar despiertos dentro de él.

Porque quizá el hombre moderno no haya perdido a Dios; quizás, simplemente perdió el silencio necesario para darse cuenta de que todavía estaba allí.

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