Francisco, signo de contradicción

Opinion 26 de septiembre Por
Unos sesenta historiadores, teólogos y sacerdotes divulgaron una carta enviada al papa Francisco en la que señalan siete presuntas herejías contenidas en su exhortación apostólica sobre la familia, "Amoris Laetitia".
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La misiva titulada "Correctio filialis de haeresibus propagatis" (Una corrección filial con respecto a la propagación de herejías), fue remitida al Santo Padre el pasado 11 de agosto pero se difundió este domingo. El documento sostiene que Francisco,  "a través de su exhortación apostólica 'Amoris laetitia', como también por otras palabras, actos y omisiones que se le relacionan, ha sostenido siete posturas heréticas en referencia al matrimonio, la vida moral y la recepción de los sacramentos".

Muchos se sintieron escandalizados y dolidos frente a esta noticia y otros celebraron la supuesta valentía de estos sesenta hombres ilustrados que cuestionan al Papa. Ciertamente, se han tomado el trabajo de leer sus documentos y discursos y desentrañar de ellos posibles errores o herejías. Son los mismos, que antes del cónclave contabilizaron matemáticamente  las oraciones dirigidas a Dios para que elijan al Papa adecuado.

El Papa adecuado sería aquel que centraría sus preocupaciones en la letra de la ley del derecho canónico y los textos dogmáticos, y casi nunca una mirada de misericordia a su pueblo.

El Papa adecuado sería aquel que realizaría la restauración de la iglesia preconciliar, con su liturgia en latín y la aplicación rigurosa de la doctrina que separaría el trigo de la cizaña, creando una iglesia de elegidos, de puros y de perfectos. Una iglesia que siga manipulando la conciencia de los fieles creando culpas innecesarias y enseñando un camino de opresión frente a libertad de los hijos de Dios que propone el evangelio.

Pero Dios tenía otros planes para  su iglesia, hoy tan golpeada desde adentro y desde afuera. Buscó un hombre con rostro de misericordia para un mundo bastante castigado por la violencia, el endiosamiento de consumo y la inestabilidad emocional que lo desbarranca al abismo del sinsentido. Busco un hombre sudamericano, "sudaca" para los europeos distinguidos, hijo de inmigrantes de clase media, "hijo de laburantes" diríamos en Argentina. Y lo peor de todo, un hombre del mundo jesuítico, inmanejable, impredecible y nunca improvisado.

Francisco es el Papa del Concilio Vaticano II, el Concilio convocado por Juan XXIII que relanzó a la iglesia en el mundo abriendo las puertas y ventanas, sacudiendo el polvo acumulado y esos rituales anacrónicos que ponían al pueblo cada vez más lejos de Dios. Una iglesia que era como una aduana rigurosa para la gente común, que acuñaría una expresión que fue popularizándose, "tan cerca de Dios, tan lejos de la iglesia". El Concilio concluido y promulgado por el Papa Pablo VI  en el año 1965 colocaba a la iglesia  cara al mundo como una comunidad en diálogo, en la búsqueda de la paz y la justicia. Una iglesia que no se cierra en sí misma como una secta de puritanos sino, una iglesia de pecadores que busca, desde su propia imperfección, el camino de la santidad, una iglesia que no acusa permanentemente, y no es inquisidora, una iglesia del perdón y la misericordia.

Una iglesia que respeta, desde su jerarquía, la justa autonomía  de las realidades temporales. Eso molesta a muchos sectores sociales y de la misma iglesia que siempre se sintieron privilegiados y en medio tanta rigurosidad escondieron graves atrocidades.

El Papa Francisco tiene un oído puesto en el Evangelio de Cristo y otro en el Pueblo de Dios, por eso defiende incansablemente la dignidad del hombre concreto de hoy, aquí y ahora. Pienso que estos sesenta hombres ilustres, grandes teólogos, historiadores y biblistas, sociólogos y filósofos podrían pensar en otras cuestiones más constructivas para una humanidad fraccionada por la violencia, una inminente guerra nuclear, la carrera armamentista, el flagelo de la droga, el crimen organizado que destruye familias enteras, el hambre y la ignorancia, y sin embargo, están preocupados y cuestionan al Santo Padre por la posible admisión a la comunión de los divorciados y vueltos a casar, que sabemos que, en no pocos casos, el primer matrimonio no es tal, por  estar viciado de nulidad. Poco le preocupa a esta gente la paz interior de tantas personas, hombres y mujeres de buena voluntad y gran fe que sufren a diario el sentirse excluidos por su propia iglesia.

Francisco es el Papa de la esperanza, la alegría y la misericordia.  Para los que tenemos fe, es el hombre que Dios puso en el timón de la barca de Pedro y para el mundo en general es un signo de contradicción como fue Cristo elevado en la cruz.

Felipe Hipólito Medina

Lic. en Ciencias Religiosas

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