Virgen de Urkupiña

Opinion 08 de agosto Por
El domingo 6 de agosto, coincidiendo con la fecha de las celebraciones de la Independencia de Bolivia, acaecida hace 192 años, comenzó la novena a la Virgen de Urkupiña.
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Esta devoción polémica en nuestra Salta, se ha arraigado desde hace muchos años, con las corrientes migratorias del pueblo  cochabambino, que por sus características de pueblo agrícola, llegó a Jujuy y Salta con sus tradiciones y costumbres. Se fueron integrando, esos primeros inmigrantes, a nuestra tierra y cultura, pero conservaron intacta su religiosidad, sobre todo el culto a la Virgen María.

La Mamita de Urkupiña se visualizó con mucha fuerza en nuestras tierras, cuando llegó en el corazón y en los brazos de la nueva generación de inmigrantes bolivianos, que venían a nuestro país buscando un horizonte laboral y de prosperidad, cuando ésta Argentina de la década de 1990, sentía que había entrado en el primer mundo político-económico. Y su devoción se extendió por casi todo el país. En Buenos Aires en 1995 ya existía un culto muy afianzado en Villa Soldati y la zona de Escobar. Se difundió, luego por Córdoba, Mendoza, Rio Negro, Tucumán y con mayor ahínco en Salta y Jujuy, donde los lugareños comenzaron a sumarse a su fiesta.

Poco a poco la Virgen María se fue instalando también en el corazón mismo de los salteños y jujeños, por su fama de Madre Milagrosa y por la cercanía de su presencia. Su imagen sagrada es en sí misma un "lugar santo", de modo que donde ella está, está el lugar de la fe y la fiesta. Hablar hoy de la Virgen de Urkupiña es hablar de una imagen cercana y conocida por todos. Esta fiesta o devoción popular nació como un culto extra-institucional, en la periferia de la Iglesia. Y debió soportar la resistencia tenaz de algunos sectores de la jerarquía eclesiástica.  Para algunos fieles católicos, es una imagen Milagrosa de la Madre de Dios, pero para otros una "intrusa cultural" de los bolivianos en la Argentina; para unos pocos, es una expresión de sincretismo religioso, donde lo pagano y lo cristiano se entrecruzan con límites muy sutiles. Mito, leyenda o milagro, o simplemente fe católica conmocionan a Bolivia desde tiempos  lejanos,  cuando miles de peregrinos llegan para rendir culto  a  la Virgen de Urkupiña, aparecida  en  Quillacollo., una ciudad de más de cien mil habitantes, y tan sólo a 13 km. de Cochabamba. Y hoy nos conmocionan a nosotros con un culto colorido, en clima de fiesta que incluye bailes, comidas y bebidas.

 La devoción a la Virgen de Urkupiña, en Salta y Jujuy ya tiene un lugar oficial en la estructura de la Iglesia Católica, de tal modo que se está propiciando desde el Arzobispado de Salta, la construcción de un importante santuario en la ciudad, en las zonas de barrios más sufridos por su ubicación geográfica, o por la situación socio económica de sus moradores.

Debo confesar que, a pesar de los estudios filosóficos, sociológicos y teológicos a los que me he sometido en mi juventud y adultez, me he resistido siempre,  a simplificar las expresiones de religiosidad que hicieron y hacen a mi bagaje cultural. He procurado evitar  desde un "catolicismo ilustrado" la negación del valor de las mediaciones, o de lo que consideramos "entes sagrados". Desde niños nos hicieron rezar en la "mesa de los santos" cotidianamente oraciones que hoy son música en mi cabeza y en mi corazón, y soporte en las dificultades. Es una tentación frecuente en algunos pastores o estudiosos de la teología, pretender restar importancia a las mediaciones, a lo que el pueblo vive y sostiene como sagrado. La Mamita de Urkupiña no sólo es una imagen a la que hay que ver o visitar. Ella es un lugar donde reposar el agitado corazón, es bálsamo sanador de las dolencias físicas, psicológicas y espirituales, es refugio seguro ante las necesidades.

La cercanía de la imagen con toda la ritualidad de su cuidado restauró,  sin intención explícita, la famosa "mesa de los santos" que vimos de niños, en las casas de nuestras abuelas o tías, cuando no en las propias. Costumbres que fueron desplazadas por el televisor, que acompaña hoy nuestro descanso.

Así como a la madre tierra, Pachamama, le ofrendamos comida y le rendimos culto, así a Santa María nuestra Madre, le llevamos regalos, le mostramos en pequeñas ofrendas aquellas cosas que necesitamos, simbolizadas en la fiesta de alasitas. Es un modo de visualizar nuestros deseos, y ella como en las bodas de Cana, según narra el evangelista Juan,  atenderá nuestros deseos.

Urkupiña  debe para retemplar  las energías  del pueblo boliviano,  sosteniendo como emblema de fe en la justicia, la verdad  y las formas superiores del espíritu y debe ser signo de fraternidad a quienes somos hermanos, argentinos y bolivianos,  por la fe, por la cercanía geográfica y por la historia común.  

Felipe Hipólito Medina

Lic. en Ciencias Religiosas

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