Misericordia

Opinion 15 de septiembre de 2016 Por
En la última jornada de los cultos del Milagro, decenas de miles de salteños seguramente están ya analizando lo que dejó la celebración, durante la que la Iglesia realiza los mayores esfuerzos por poner blanco sobre negro respecto de lo que requiere de los católicos de la Provincia. Su mensaje tiene siempre un sentido  comunitario, aunque demanda una actitud individual que en la sumatoria integra una conducta social.
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El eje vertebrador de este año  fue el de la Misericordia, teniendo en cuenta que está transcurriendo el año jubilar establecido por el Papa. En ese orden, la comprensión de lo que es la misericordia es el dato central, que en todas las homilías se ha puesto en evidencia.

Se ha dicho que se vuelca a los pecadores y hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes. Pero no el sentido de la pena, sino de la compasión, según explicara el Papa Francisco. Compadecer es  padecer con quienes sufren, implicarse en su vida. No es sentir dolor por la pobreza del otro sino asumir la actitud de Jesús en la multiplicación de los panes.

Ese mensaje particularmente va hacia los gobernantes, que por estas horas se agolparon en la Catedral Basílica ocupando las primeras bancas en los ritos centrales. Si bien las claves de la misericordia deben ser comprendidas por todos, toman particular relieve cuando se traducen en obras de gobierno.

Las acciones misericordiosas cobran otra dimensión si se ejercen como responsabilidad del Estado, tal como mandan la Constitución Nacional y la Provincial. Lo que se transmite como una demanda al buen católico es un programa de políticas públicas para el buen gobernante: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, asistir los enfermos, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra y soportar con paciencia las personas molestas, para citar algunas. Debe sumarse el cuidado ambiental ya que la misericordia es sobre toda la creación que, según la Iglesia Católica, Dios ha confiado a los hombres “para ser cuidadores y no explotadores; o peor todavía, destructores”, como advirtiera el Sumo Pontífice.

La comprensión de los problemas a resolver existe; falta la compasión que exige la misericordia. De esa manera, la asistencia desde los gobiernos dejará de llegar como una dádiva que luego se recoge como votos, para asegurar la perpetuidad de dirigentes que buscan el poder por el poder mismo y no por el servicio que implica su ejercicio.

Es de esperar que las oraciones de estos días sirvan para las soluciones individuales que no llegan desde la política y para los cambios sociales que sí son sus obligaciones insoslayables.

Salta, 15 de septiembre de 2016

 

 

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