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Opinion 25 de marzo de 2019
Era previsible. El partido entre dos equipos de fútbol que jugaban mucho en un encuentro dejó el registro de hechos de violencia dentro y fuera del estadio. Un fuerte operativo de seguridad no fue suficiente o fue ineficiente. En el día después, la Policía Provincial informó que no hay denuncias realizadas por víctimas de esa violencia.
GYT

Sin embargo, no faltaron hechos repudiables como el ataque a directivos de uno de los clubes a trescientos metros de la cancha en una situación que podría compararse con una emboscada, que suele ser una práctica que se repite peligrosamente. Otro dato es que lo que se secuestró en el ingreso al campo de juego, dando cuenta que hay un absoluto desprecio por exigencias que son mínimas ante un espectáculo público. No se trata solamente de la detención de un poco menos de un centenar de personas por contravenciones y delitos sino del decomiso de marihuana y bebidas alcohólicas.

Esta situación da fuerza a las conclusiones de expertos en torno de un fenómeno que no es novedoso en el país y en el resto del mundo donde se practica este deporte. En la Argentina sobresale un factor explicado por aspectos estructurales de la sociedad en general y del fútbol en particular; se trata de conductas que revelan la anomia que rige la convivencia. Esa degradación, planteada en el ámbito de un deporte de práctica tan extendida, se erige ya como un flagelo.

Los antecedentes de violencia datan de la década del treinta del siglo XX, en los primeros años del fútbol profesional. Hay crónicas periodísticas que ya por 1930 se refieren a los incidentes e insinúan la actividad de barrabravas que Roberto Arlt citaba como “escuadrones rufianescos, brigadas bandoleras, quintos malandrinos, barras que como expediciones punitivas siembran el terror en los estadio, con la artillería de sus botellas, y las incesantes  bombas de sus naranjazos”, como cita el especialista Christian Bertelli, en su libro La violencia en el fútbol.

Esos grupos, quizás por la impunidad que protege sus correrías, están organizados actualmente como verdaderas bandas criminales, que no sólo hacen gala de una extrema agresividad, generando situaciones de violencia que empañan de manera drástica el sentido de cualquier deporte sino que se financian con negocios ilegales que existen alrededor del fútbol. Y esa expansión se vincula con la tolerancia –cuando no la complicidad- de los dirigentes de los clubes.

La violencia en el fútbol se origina en la propia sociedad y su comportamiento. Allí está el germen de este problema que algunas sociedades han logrado controlar y que lamentablemente es una asignatura pendiente en el país y en la Provincia, obviamente. Este deporte, como ningún otro, permite que en su campo y en las gradas de sus canchas se dé rienda suelta a las frustraciones y los enfados que se acumulan cotidianamente. De ese desborde participan los dirigentes, los jugadores y hasta los árbitros, conformando una mezcla que estalla con los resultados.

La política de seguridad no es una garantía porque sucumbe ante presiones que responden a distintas motivaciones, hasta las electorales. Buscar la empatía de los violentos no es un buen negocio.

Salta, 25 de marzo de 2019

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