Juan Carlos Romero: Un líder de otros tiempos se ofrece

Opinion 15 de noviembre de 2018
Por Luis Caro Figueroa (*) 14 de noviembre de 2018. Noticias.Iruya. com
romero

Por consejo de un buen amigo que acierta siempre con sus sugerencias, me he entregado a ese placer agridulce de escuchar con atención a Juan Carlos Romero en la entrevista que el exgobernador y senador nacional vitalicio por Salta ha concedido recientemente a un programa de la televisión local.

Tengo que admitir que Romero se conserva bastante bien, tanto física como mentalmente, y que su voz, algo rasgada por el paso del tiempo, le confiere un atractivo particular, como el que envuelve de misterio a ciertos personajes oscuros de las películas producidas por John Houseman.

Sin dudas, para nada afea su altiva estampa de patrón de los valles subandinos esa pequeña ptosis palpebral que afecta a su ojo derecho. Si viviera el Cuchi Leguizamón diría, con esa gracia móvil que había patentado en las recovas, que nuestro exgobernador tiene un ojito peido.

El caso es que después de casi una hora de discurso, me ha quedado la sensación de que lo más importante que ha dicho Romero es que, al igual que su padre y su abuelo, él es hincha de Boca Juniors, como también lo es su hijo, a pesar de que un nieto le ha salido hincha de River. Ese overito seguramente no heredará la banca de senador nacional, y bien merecido que lo tiene.

Me pareció que la confesión futbolística de Romero era importante porque nada más escucharla tuve el impulso de apostatar de la fe xeneize, que vengo profesando incluso antes de que el Nono Mordancio (abuelo paterno del senador) propalase por las bocinas del viejo diario de la calle Deán Funes los goles de Paulo Valentim, el ídolo brasileño del equipo de la ribera.

Pero me aguanté las ganas como buen hincha que soy y pasé inmediatamente al contenido político de la entrevista, que me pareció sobrecogedor, en el buen sentido de la palabra; es decir, sin que este adjetivo se pueda entender vinculado con ninguna actividad erótica desmesurada.

Sinceramente vi a un Romero muy antiguo, casi desconocido. Tuve la suerte de conocer, por vecindad y compañerismo, a unos Romero muy modernos, muy comprometidos con su tiempo y a la vez con el futuro. Por eso me llamó la atención comprobar que quien hoy ejerce de patriarca del clan está algo démodé. A los tres minutos de la entrevista comprendí muy bien por qué Urtubey pudo conseguir alborotarle el gallinero con su sanata de Polémica en el Bar; es decir, con muy poca cosa.

Nuestro senador nacional vitalicio vive en su mundo, que no es el mundo en el que viven los demás, sino el que él ha construido pacientemente desde sus casas fortificadas, para que la realidad se adapte a sus deseos, confundiendo a menudo a estos últimos con la primera.

No puedo decir que le vi derrotado, porque esta es una palabra que no existe desde hace mucho en la política de Salta. Es decir, Romero no es una persona vencida, por más que él haya inaugurado una larguísima era en la que para destacarse en la política local había que tener talento para los negocios. Romero fue -vale la pena recordarlo- el primero que separó en Salta la política de la moral, con unos resultados estupendos como todo el mundo sabe, pero para él y para los que entienden como él la relación entre la política y la moral.

Han pasado ya cuarenta años desde sus primeros pinitos y el senador ya no está tan fresco ni tan ágil como antes, y la realidad -la que él no ve por vivir en su mundo- indica que la era del político businessman es cosa de la historia y que ahora la ética ha salido como fiera a reclamar el lugar que por derecho le corresponde en la política y en la vida pública. Si solo por estas dos cosas fuera, Romero sería efectivamente un derrotado.

Pero no lo es, porque en Salta hay todavía gente, relativamente importante, que cree en la pureza del discurso del hombre que durante al menos un par de décadas se dedicó a fabricar por doquier símbolos del salteñismo más rancio y más conservador, y que -aun ahora- se proclama el padre fundador del «orgullo salteño», algo que alguna vez definí como «una enfermedad mental colectiva».

Una cantidad de sorpresa aproximadamente igual a la anterior me provocó la evaluación, para nada retrospectiva, que Romero hizo de sus doce años de gobierno. Tengo la impresión de que él ha pasado por el poder, pero el poder -lamentablemente- no ha pasado por él. O si ha pasado, lo ha dejado lleno de falsas ilusiones, de imágenes engañosas, de enfoques distorsionados.

Escucho con frecuencia a Felipe González, a José María Aznar, a Nicolás Sarkozy, a François Hollande, o al mismo Tony Blair, hablar en un tono distante y autocrítico de sus tiempos de gobernantes. Romero no tiene ni distancia ni autocrítica; para él el ayer y el mañana forman un solo lienzo, sin costuras, y su concepción del poder, tan primitiva como siempre, da a entender que él no ha cambiado y que el poder no ha obrado en él el prodigio que se supone debería haber obrado.

Romero habló de lo que «hizo» su gobierno (1995-2007) y de lo que «le falta hacer», como si hubiera borrado por completo a Urtubey (2007-2019) de la historia, o minimizado sus aciertos como gobernante, y como si entre el pasado y el futuro no existiera el presente.

Por esta razón, simplemente, es que me parece que Gustavo Sáenz, a quien se le ve un poco más atento a la realidad que lo rodea y un poco más preocupado por lo que se le viene encima a Salta y a los salteños, debería pensárselo bien y darle varias vueltas a su almohada antes que aceptar sin condiciones el apoyo del romerismo.

No digo que Romero no tenga ya nada para aportar a la vida pública salteña, pues lo tiene. Lo que digo es que su aportación, en esta línea tan elemental, tan poco elaborada, tan atrasada y tan poco convincente es una rémora para las aspiraciones de progreso y de igualdad de los salteños. Y hablo de unos salteños que llevan más de 35 años esperando a que su democracia les proporcione alguna oportunidad para desplegar toda la potencia de sus vidas y que no les condene a esperar los milagros eternamente postergados que prometen millonarios trastornados por el poder, como Romero u otros de su mismo pelaje.

Quiero que se me note que no tengo nada personal contra Romero; mucho menos contra su familia. No soy de los quiere borrar su figura de la vida política local y expulsarlos de Salta, como él y alguno de los suyos han querido hacer conmigo. Pienso, y me siento en la obligación de expresarlo, que el significado y el valor que tiene Romero en la política local, en lugar de ser elementos positivos para la creación de nuevos espacios y nuevas oportunidades para el desarrollo de una vida cívica razonablemente satisfactoria, son elementos sumamente negativos. Bien es verdad que han tenido la oportunidad de corregirse y de adaptarse, pero más cierto todavía es que no lo han hecho, por razones que solo ellos conocen.

Sé positivamente que esta opinión mía va a chocarles a los incondicionales de Romero, pero siento que no hay más remedio que dejar las diplomacias y los cálculos a un lado. Porque Salta vive un momento tan delicado que lo peor que podríamos hacer ahora es engañar a los demás y engañarnos a nosotros mismos, santificando a líderes que tienen una responsabilidad enorme e intransferible en el descalabro que vivimos, y maquillando la historia para que uno de los periodos más oscuros de nuestra democracia atraviese sin dificultades nuestros filtros de calidad, tal como si estos no existieran en absoluto.

No se debe olvidar ni por un minuto que Urtubey existe porque antes existió Romero y que fue este quien abrió de par en par las puertas de la política a la ambición personal sin moral y sin talento.

Por todas estas razones es que deseo con el alma que Gustavo Sáenz sea hincha de River, y que si lo fuera de Boca se anime a apostatar y se convierta en ese nieto díscolo del romerismo que nunca heredará la banca de senador nacional reservada por la historia para Horizontes SAFICI y que tampoco consagrará su vida a la siempre difícil empresa de parecerse a su abuelo criollo.

(*) Luis Caro Figueroa es un abogado que desarrolla sus actividades en España sin despegarse de sus raíces salteñas. Miembro de una familia que engendró importantes políticos aclara en su biografía que no pertenece a ninguna asociación, sindicato, organización no gubernamental o partido político, cualesquiera sean su finalidad, su orientación y su carácter. Es director adjunto del portal Noticias.Iruya.com.

 

 

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