Derechos

Opinion 24 de septiembre de 2018
Tras más de un década en que se había cortado por lo sano con las reuniones bailables de menores de edad, nuevamente el tema preocupa a la sociedad capitalina. En ese lapso hubo intentos de aportar a la solución de un serio problema que afecta a una amplia franja de familias pero la actual situación muestra que fueron inconducentes.
fiestas clandestinas

Luego de cada fin de semana, la crónica policial es rica en referencias a intervenciones que derivan en la disolución de reuniones a las que concurren centenares de adolescentes, sin adultos responsables a la vista y en las que se consume alcohol. Son encuentros que se llevan adelante al margen de la normativa vigente. Y un tema que fue debatido intensamente en distintos ámbitos y parecía resuelto, muestra a las claras que no se ha podido poner en caja.

En el primer quinquenio de este siglo, la contención de la legítima necesidad de la franja etaria entre 13 y 18 años de participar de reuniones bailables había desbordado, demostrando que no se atendían aspectos básicos de un grupo vulnerable. Ante ese cuadro, los matinés fueron prohibidos de manera definitiva en 2005, correspondiéndose la decisión de la Secretaría de Seguridad con la concepción de un gobierno que suponía que sería suficiente su voluntad para lograr el reordenamiento  de una situación compleja desde el punto de vista biopsicosocial.

La presión de la realidad demostró que no hubo una comprensión acabada de lo que estaba sucediendo ni había desde la autoridad política el poder de convocatoria suficiente para lograr el compromiso de la familia con una problemática que superaba y supera aún hoy a quienes tienen responsabilidad en el control de un grupo que tiene sus demandas propias y reclama una atención particular. En especial, es un colectivo que resiste la frustración de sus aspiraciones.

Ello llevó a que en el corto tiempo, el gobierno municipal deba encontrar alternativas a una prohibición lisa y llana. La respuesta fue una norma regulatoria aún vigente  y de allí surgió la ordenanza 13.508, que reimpuso las llamadas matinés con una serie de condicionamientos. Algunos de ellos son los que se reconocen en cualquier lugar del mundo donde operan, especialmente en América Latina, como la expresa prohibición de la venta de bebidas alcohólicas, cigarrillos o sustancias psicoactivas. Pero también hay límites en la ubicación territorial de los locales destinados exclusivamente a ese fin que, a poco de la sanción de esta norma en noviembre de 2008, sufrió modificaciones para facilitar el interés comercial en la iniciativa.

Los padres y tutores no acompañaron la iniciativa y tampoco lo hicieron los empresarios del sector, acostumbrados a la nocturnidad y al autocontrol del público adulto. Los adolescentes, en tanto, mantuvieron la presión para dejar fluir sus pretensiones de diversión. El resultado está a la vista.

En general, en distintos puntos del país existe la misma tensión. En algunos lugares se advierten los riesgos y se reconoce que son espacios donde incluso hasta se ejercita la discriminación, ante la ausencia de adultos responsables. Son pocas las comunidades que han encontrado el punto de equilibrio, obligando a padres y tutores a compartir las responsabilidades ejercitando el control de manera conjunta.

Son ejemplos que pueden copiarse porque los adolescentes tienen derecho a ser atendidos, comprendidos y cuidados.

Salta, 24 de septiembre de 2018

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