Francisco, el incomprendido

Opinion 13 de abril de 2018 Por
“Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra” (Luc. 4,24)
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Durante la Semana Santa y el período de inicio de clases de catequesis, muchos padres acuden a las librerías a buscar biblias para sus hijos. Algunos lo hacen con emoción pensando que están entregando a sus hijos un legado como en una carrera de postas, algo valioso para la vida; otros,  un poco más escépticos, lo hacen para cumplir un requisito escolar sin más preocupación que la que tienen  quienes compran una mochila o los lápices de colores y cuyo único murmullo que se escucha, es la queja  de los nuevos precios. Pero hubo y hay comentarios frecuentes entre la gente que llega a buscar su Biblia, sean o no de la iglesia,  de un gran disgusto con el Papa Francisco. Tal vez, porque aún no vino a su patria, o por cuestiones políticas.

Al parecer se cumple con creces aquello de que nadie es profeta en su tierra. Y aquí hay que pensar como se miraba al Cardenal Bergoglio antes de ser elegido Papa. Para los argentinos del interior era un prelado poco mediático, de perfil muy bajo y sólo se le conocía por haber disgustado a Néstor Kirchner  con su homilía en el Tedéum del 25 de mayo de 2006, que provocó que nacionalizaran los mismos, para evitar las diatribas del Cardenal. Nunca jamás el periodismo argentino lo reconoció como un pastor o líder espiritual, sino como un político más y así fue también para su grey porteña y para la iglesia en general. Siempre se desconfió de él y sus escritos eran escasamente difundidos.  Sucede que su discurso era llano, franco y sencillo. Los católicos querían, tal vez,  un discurso complicado e incomprensible que no comprometa. Y los políticos, también, pretendían la bendición de sus obras sin discursos molestos, sólo una puesta en escena.

Monseñor Bergoglio, como buen jesuita, tenía un discurso incómodo para no pocos mediocres, como molesto es el Evangelio de Cristo. Una vez elegido Papa todos celebramos como si fuese un gol de Messi o de Maradona para los más viejos, era la mano de Dios que nos faltaba para coronar nuestro ego. Y nos desilusionó. Es el Papa humilde, el Papa de los pobres. ¿Y quién quiere ser pobre? ¿Quién quiere ocuparse de los pobres en éste país? Y encima se atrevió a quitarse todos los símbolos de poder y aún sus gestos estaban lejos de las típicas gestualidad de un  mandatario. Habla, actúa, sale del protocolo, se equivoca y pide perdón, reconoce que en las altas esferas de la iglesia no todas las cosas  están bien, y eso duele, duele mucho,  porque siempre nos enseñaron que en la iglesia todo era perfecto y que los Papas nunca se equivocan.  

Los mediáticos hablan como expertos en teología o eclesiología y la gente consume esa basura. Los medios de comunicación influyen de manera determinante en la formación de las ideas y verdades  en la conciencia social. Para mucha gente, lo que dicen los medios es la verdad, ya que todos necesitamos certezas para seguir viviendo. Pero, un día dicen que Francisco habla del diablo y al otro dicen que niega el infierno. Mentiras y más mentiras. Afirmaciones parciales, medias verdades.  El ha dicho claramente, en varias oportunidades, “soy hijo de la iglesia y no voy a cambiar ninguna doctrina”, pero sacan de contexto sus palabras para difamar y mentir, y como reza un viejo principio bíblico “todo texto sacado de contexto sirve de pretexto”. El gran pretexto para descalificar la palabra del Sumo Pontífice.

Tenemos muy arraigada la costumbre de pensar que todo lo que viene de afuera es bueno y lo nuestro es malo. Es muy humano este comportamiento. Le paso a Jesucristo cuando predicaba, pues sus vecinos murmuraban “¿No es este el hijo del carpintero?, ¿No se llama su mamá María y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?, ¿Acaso no están todas sus hermanas aquí con nosotros? Entonces, ¿de dónde sacó este todo el poder?” (Mt. 13, 55). Cinco argentinos recibieron el premio Nobel y no fueron nunca debidamente homenajeados, siendo la  ingratitud un vicio nacional.

Ayer levantamos a Francisco en lo alto, como lo hicieron con Jesús en la entrada de Jerusalén, para después crucificarlo. Lo mismo hacemos con el Papa, destruyendo su imagen con nuestros dichos y actitudes, con bromas vulgares e ironías. Tenemos sentimientos encontrados y alimentados por quienes no lo toleran, o por aquellos, para quienes el Papa resulta incómodo.

El Papa ha publicado una nueva exhortación apostólica, “Gaudete et exsultate” el 19 de marzo de este año,  con motivo de su quinto aniversario del pontificado y tuvo escasa repercusión, ya que no plantea un tema político, al menos en apariencia, sino hace un llamamiento a la santidad universal, un llamamiento a un nuevo concepto de santidad que implica la necesaria coherencia de la vida con los principios que se proclaman. Un nuevo concepto de santidad que exige el compromiso con el mundo real con todos los hombres que se reconocen hijos  de Dios y hermanos entre si, especialmente con los pobres y marginados de la tierra. Advierte con severidad los peligros para la fe como el gnosticismo y el pelagianismo, viejas y renacidas herejías, también el consumismo y la superficialidad. Una santidad que no le esquiva al mundo y a la vida y que se desarrolla en la vida cotidiana del que trabaja, del que estudia o simplemente es responsable del hogar.   Como decía el obispo poeta Pedro Casaldáliga, todo camino a la eternidad se construye en el tiempo presente, no evadiéndose del mundo, aun en la contemplación y la oración.

Quienes siguen enojados con Francisco deberían leer con  atención sus documentos y sus discursos, con mente abierta y sin prejuzgamiento. Entonces podrán ver, de verdad,  al verdadero Francisco Pastor de la Iglesia Católica para todo el mundo.

 

 

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