Crimen

Opinion 06 de febrero de 2018
Hechos de violencia inusitada, que se llevaron la vida de dos personas en sendos incidentes y dejaron heridas a otras, advierten que en la Capital se están manifestando señales de una situación que se está desbordando y puede alcanzar extremos de sumo riesgo para la población.
20 de febrero

Hay antecedentes en otros puntos de la Provincia y del país que permiten suponer que un escenario similar se construye en la principal ciudad salteña.

La muerte de un personaje del submundo de las barras brava de fútbol y según comprobados antecedentes, también vinculado con el tráfico de droga, ha conmovido a un sector urbano que ya viene registrando hechos que exceden las correrías de la delincuencia común. Muchos incidentes tienen características que superan la operatividad de pandillas y se acercan a ciertas conductas periféricas del crimen organizado.

El asesinato del barra Ricardo Daniel "Pitelo" Burgos ha sido presentado como  un ajuste de cuentas, en el relato de un vecindario que ya no se sorprende con este tipo de enfrentamientos, a balazos y en la vía pública. El condimento de alcohol y drogas, de antecedentes  carcelarios y la mención a un club de fútbol que pareciera estar siempre presente en hechos que terminan en asesinatos, completa la crónica de lo ocurrido anoche en Barrio 20 de Febrero, en el límite del macrocentro capitalino.

Las investigaciones judiciales están en sus inicios  pero una primera mirada señala aspectos que no pueden soslayarse. La vinculación de barras brava con situaciones que llenan de pavor a un vecindario indefenso constituido por gente de trabajo que ahora convive con adictos y bocas de expendio de alcohol y drogas, debe ser objeto de una acción menos tolerante y contemplativa por parte del Ejecutivo provincial.

Ocultando información o relativizando la importancia de hechos violentos como es la resolución de disputas a fuerza de navajazos, no mejoran la percepción de los resultados de una gestión de gobierno. Más pronto que tarde la realidad se evidencia porque el disimulo solo favorece el crecimiento de la zona de riesgo de la inseguridad.

No se conoce que algún club de fútbol haya sido sancionado cuando quienes actúan en su nombre y con sus símbolos copan espacios públicos sin que las instituciones defiendan su propio prestigio y su integridad material y simbólica. Les alcanza con que estas situaciones sucedan fuera del estadio de fútbol para sentirse liberados de responsabilidad alguna.

De todas maneras, el problema es más profundo y trasciende la relación de la violencia con el fútbol. Ese es solo el camino para facilitar el dominio territorial de uno de los peores crímenes: el narcotráfico y de los más dolorosos flagelos: las adicciones.

Todo ello frente a la apatía de un gobierno ineficiente, en el mejor de los casos.

Salta, 06 de febrero de 2018

Te puede interesar