Esperanza

Opinion 01 de enero de 2018
En el primer día del año, la Iglesia Católica celebra  la Jornada Mundial de la Paz. El mensaje de esta fecha está vinculado a los migrantes y refugiados, con una exhortación a considerarlos miembros de una única familia humana y a ayudarles a alcanzar la paz y una vida digna.
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Esta celebración y más allá de su vinculación a un credo, encuentra a la Argentina en un momento en que tanto la cuestión de la paz como la de las corrientes humanas que entran y salen del país, tienen una innegable notoriedad.

Las jornadas vividas sobre el cierre del año que pasó advierten sobre el riesgo que se cierne sobre el país cuando se instala la violencia política. Ya hay una historia cuyas lecciones no deben desecharse, para evitar reescribirlas con un alto costo social.

Precisamente la propuesta de la Iglesia para la Jornada Mundial de la Paz rota sobre temas esenciales para la convivencia humana, que se vinculan al origen de situaciones que pueden alterar un estado imprescindible para la vida en comunidad. Desde que hace 50 años la encíclica Populorum Progressio, de Pablo VI, postulara que el desarrollo es el nuevo nombre de la paz, esta fue vinculada a esas condiciones que permiten que el hombre no padezca su presencia en la Tierra.

El cuidado del ambiente, el combate contra la pobreza, la educación en la paz y en la justicia, fueron algunos de los tópicos usados en esta década para destacar la trascendencia de la paz, que para nada significa solo ausencia de guerra sino que tiene un significado más complejo. En este año que se está inaugurando y esta circunstancia fue resaltada por el Papa Francisco, hay más de 250 millones de migrantes en el mundo, de los que 22 millones y medio son refugiados. Están huyendo de la guerra y del hambre, o se ven obligados a abandonar su tierra a causa de la discriminación, la persecución, la pobreza y la degradación ambiental.

La Argentina es un punto de referencia en esa materia. Desde fines del Siglo XIX fue un polo de atracción de migración europea, a la vez que mantuvo intercambios poblacionales con los países vecinos. Un siglo más tarde, fue la población nativa la que salió en búsqueda de nuevos horizontes lejos del país, en la mayoría de los casos fuera del  continente americano. Particularmente hubo razones de índole ideológica las que provocaron la emigración, mientras se sostenía la inmigración.

Un informe de la Organización Internacional para las Migraciones destaca que estos fenómenos se consolidan en las últimas décadas en la Argentina, estimulados por las condiciones favorables que encuentran los extranjeros en los mercados de trabajo, la oferta de servicios sociales, las posibilidades de crecimiento, por un lado, y las magras oportunidades que hallan los nacionales en el ámbito laboral local, los problemas institucionales, marcados por la ruptura del orden democrático, y las escasas perspectivas de desarrollo personal y profesional.

La paz y los movimientos de grupos humanos por el mundo son dos cuestiones que la Iglesia unió sabiamente en esta jornada, que no es un día cualquiera. Es el primero de un año y, por lo tanto, el de mayor esperanza.

Salta, 01 de enero de 2018

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