El trabajo humano es dignidad no mercancía

Opinion 05 de diciembre Por
San Pablo es claro en su Segunda Carta a los Tesalonicenses: “No vivimos entre ustedes sin trabajar, nadie nos dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos día y noche, a fin de no ser carga para nadie. No es que no tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos darles un ejemplo que imitar. Cuando vivimos con ustedes se lo mandamos: el que no trabaja, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada” (2 Tes 3, 7-12).
trabajadores

Cuando se fueron formando los grandes centros urbano y suburbanos en el mundo moderno y contemporáneo, la vida rural en su condición de precariedad financiera y un continuo crecimiento tecnológico,  le dejó paso a la creación de cinturones de pobreza de ciudadanos que en busca de trabajo. La necesidad de emplearse en fábricas, en servicios públicos y privados, en el comercio, en el servicio de casas de familia,  y en las más variadas tareas y oficios, impulsaron la necesidad de dignificar ese trabajo, y muchas instituciones se pusieron al servicio de esa lucha. El trabajo comenzó a tener deberes y derechos.

 Hombres y mujeres a lo largo de la historia del mundo y de nuestra patria lucharon por dignificar el trabajo humano, viéndolo como parte esencial de la existencia humana, donde el hombre era y es el constructor y transformador de las realidades cotidianas. En Argentina y en  casi toda Latinoamérica, la iglesia jugó un rol fundamental. El trabajo es una forma de sentir, de hacer, de vivir la existencia sobre esta tierra, es un mandato bíblico, crezcan, multiplíquense y transformen la tierra. El ocio es un estado espiritual vinculado intrínsecamente al trabajo, al negocio, a la tarea que hay que hacer.

Hoy hay quienes piensan que el que trabaja es tonto, porque se puede vivir de las dádivas del estado sin mayores complicaciones, hay otros que ven en su propio trabajo un lugar de conflicto continuo y de un enfrentamiento dialectico, -hoy es casi una cultura enraizada en no pocos jóvenes-; piensan, "si no confronto con mis superiores o patrones terminaré siendo esclavo". Es un juego perverso que se alimenta de la industria de los juicios. En este sentido el concepto de armonía en el trabajo, el espíritu de familia y el trabajo en equipo casi no existe.

Y sí, es necesaria y urgente en el país,  una reforma laboral. Pero con sentido humano. No viendo al hombre como una mercancía en el estilo capitalista, donde el hombre mismo se convierte en  parte de un engranaje de la producción como objeto, y en ese juego de confrontaciones, desgastes, exigencias absurdas y explotación al patrón solo interesa que le cierren los números, sin importar el tendal de personas, hombres y mujeres que van quedando descartados a la vera del camino de la vida.

Aquí tenemos que decir, que cualquier reforma laboral que se proponga tiene que tener un sentido plenamente humanitario. Es importante que cierren los números a la economía global, pero no se puede descuidar el recurso humano. Es necesario un sano equilibrio entre la exigencia laboral, las condiciones de trabajo y el justo salario, con la producción que implique crecimiento en la empresa o en el mismo estado. El hombre y la mujer en el ámbito laboral de cualquier origen no son una mercancía que se usa y se tira. Si el estado no es capaz de ser garante de la justicia incumple gravemente su misión. El estado no debe estar pendiente solamente, de asegurar el crecimiento de las ganancias en las empresas públicas o privadas, en detrimento del derecho y la dignidad de los trabajadores. Debe proveer un marco legal seguro para las inversiones, pero debe ser, al mismo tiempo,  custodio de los derechos de los trabajadores, conquistados en nuestro país con tanto dolor y sufrimiento. Traigo a recuerdo una de las veinte verdades enunciadas por el General Perón el 17 de octubre de 1950, "en la Nueva Argentina el trabajo es un derecho que crea la dignidad del hombre y es un deber, porque es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume." Un contraste fuerte con algunos populismos que se centraron en el asistencialismo descontrolado, en nombre del peronismo. Asistir a los pobres en sus urgencias es un deber grave del estado y de toda la sociedad, instituciones y personas, empresarios y comerciantes, pero si se abandona la posibilidad de crear genuinas fuentes de trabajo, de inserción social de miles de hombres y mujeres desocupados, solo se estaría fomentando mayor pobreza y miseria, donde los mismos pobres se convierten en funcionales a la corrupción generalizada.

El trabajo dignifica al hombre y a la familia y construye una sociedad nueva, dirá el Papa Francisco. Cuando hay trabajo, el hombre y la mujer pueden compartir la mesa familiar con sus hijos a su gusto y no con el mero servicio de un comedor comunitario.

Ojalá que nuestros gobernantes de los poderes ejecutivo y legislativo piensen en la necesaria reforma laboral con un sentido humanitario, porque así sería pensar de verdad en el bien común de la patria y de cada uno de sus ciudadanos.

 

 

 

 

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